Leo esas entradas que acompañan a mi escrito en el tiempo y me producen melancolía. Mi madre preparándome comida (falleció hace diez años), paisajes sorianos, música clásica (la música otoñal), las nubes, los colores del atardecer, los barcos que regresan a puerto, el frío castellano que me esperaba, mi trabajo siempre en el plano más importante pero encubierto, la política…
Ahora, sin limitaciones horarias ni excesivos cambios significativos en las estaciones, es hora de analizar lo que ha sido el verano y lo que vendrá a partir de ahora, tiempo de ir pergeñando un otoño-invierno también esperado y para intentar disfrutarlo.
2 de octubre de 2007
Es otoño y no me había enterado. Ha sido al atravesar la sierra de Cameros y el Parque Natural de Cebollera cuando me he dado cuenta de que las hojas de los árboles se van tiñendo de tonalidades de rojos, amarillos y verdes. El paisaje de otoño, sin lugar a dudas, es un placer para la vista. He estado durante varias semanas encerrado en una burbuja impregnada de sol y agua, abstraído por la sensualidad del mar, intentando pronosticar la distancia hasta el horizonte, diferenciando los matices violetas del crepúsculo, humedeciendo mis labios en aguas saladas, ensimismado en la oscuridad recién llegada con un “margarita” helado, mientras la luna iba marcando su particular recorrido reflejada en el mar y escuchando, por ejemplo, la Marcha de la Bella Melusina de Mendelssohn sobre la sirena que desaparece antes de mostrar su secreto, Y claro, con este intenso cometido no vaticinaba lo que ocurría en el interior peninsular. Esperaré a qué, de nuevo, la inclinación del eje terrestre marque el verano para desperezar mis sentidos, desnudarme otra vez y atraer hacía mi cuerpo ese soplo de libertad que tan solo el mar es capaz de descubrir. Intentaré entonces dar caza a esa sirena desaparecida que estoy seguro me espera en algún lugar.
28 de octubre de 2007
Tras una semana viajera llega el descanso del guerrero. En eso estoy. En los últimos años, aprovechando el otoño, he hecho incursiones en el terreno campestre. Ya puedo decir que conozco varias clases de setas, que distingo hongo de seta. Recopilo endrinas, maguillas (una especie de manzanitas enanas silvestres)… Incluso he visto en la ciudad un cartel de las “V JORNADAS MICOLÓGICAS” que organiza en el Hotel Alvargonzález de Vinuesa (la corte de los pinares) mi amigo Óscar García. Es otoño.
Llegó la estación templada y me relajo, en una tarde tranquila como la de hoy, escuchando Ópera y a Richard Hawley. Introduzco en recipientes de cinco litros aguardiente que he comprado hace dos días en Portugal y, respectivamente, trocitos bien cortados, de membrillo (regalo de mis amigas Elena y María) y maguillas. Desde hace cuatro años es tradición.
Después de comer, durante esta semana, en restaurantes de Santander, Pamplona, Zamora y Miranda do Douro, finalmente he podido sentarme tranquilo en mi mesa para degustar una comida casera. Las setas de cardo (regalo de Elena), recién cogidas, estaban de muerte.
Y es que, cuando uno ha estado quince años comiendo en variados restaurantes del estado español y de otras naciones, comer en casa resulta un auténtico lujo. El pasado lunes mi madre guisó un cocido montañés extraordinario. Sabe que me gusta y cuando voy a Santander (salvo raras excepciones) siempre me prepara ese plato exquísito. Como no puede con el olor del pescado -es superior a sus fuerzas- siempre hay un día (o varios, dependiendo de mi estancia) que me invita a comer en algún restaurante conocido con buen pescado. Maldigo mi suerte por tanta visita a restaurantes y reivindico cocina casera, pero agradezco a mi madre su deferencia, ¡claro!. Seguramente sabe mejor una comida, por simple que sea, realizada en casa, que muchas otras preparadas sin el fundamento del amor maternal (o parental).
25 de septiembre de 2011
El verano escapa inflexible en su última tarde de septiembre. Van desapareciendo los temerosos mosquitos y la luz decrece en horario y fuerza. Las sombras se alargan en la playa y descienda la temperatura. Desgraciadamente, es hora de irse al yermo castellano, al frío intenso, sin tregua, abandonando el placer de las horas baldías, infructuosas, que tan sólo existen ya en las capas del cerebro que almacenan el placer que supone la realidad imperturbable de esos momentos. La luna ahora se apresura a ahuyentar al sol y es tiempo de otoños recién nacidos, muy bellos también en tierras castellanas; no así la calidez de la amistad mediterránea, incomparable, casi perfecta en la serenidad del tiempo pasado y siempre recordado. Tiempo de otoño que se apresura en el último día de verano. Nubes revoltosas en el horizonte y barcos iluminados con las últimas luces de un verano en sus horas más bajas. Otoño hasta el invierno. Invierno turbulento. Todo pasa y, posiblemente, todo quede en el recuerdo. Un barco de pesca se apresura para llegar a puerto a la hora convenida. Una gaviota se introduce en el agua a velocidades estratosféricas. Una lubina salta en el mar permaneciendo el tiempo justo para luego volver a sumergirse. Al parecer todos los animales vamos ajustándonos a la nueva luz que produce el otoño. Siento ahora nostalgia del verano, de un verano más que se escapa como se escapa la vida, sin darnos casi cuenta.
26 de agosto de 2012
Va pasando el verano y con él innumerables recuerdos que quedan grabados para siempre. Una comida entre amigos, una partida de golf rústico, un paisaje verde con innumerables canales y vacas paciendo plácidamente, grupos de viajeros siguiendo al guía que pasaban a mi lado deprisa y corriendo cuando yo paciente y relajado esperaba capturar una fotografía, un viaje en tren descubriendo nuevos escenarios, personas diferentes que siempre te resultan exóticas, el sol acompañándote, los atardeceres mágicos y las noches rodeadas de misterio. Va pasando el verano y los días se acortan recordándote que el otoño está más cerca. Y, aunque todavía me quedan algo más de tres semanas de vacaciones, vuelvo la vista atrás y me reconforta haber disfrutado de los viajes, de cada movimiento que rompe la rutina y me devuelve la ilusión de seguir conociendo otros senderos y otras formas de vida que, al mismo tiempo, ayudan a conocerte a ti mismo desde la perspectiva de la lejanía.
Ahora espero de nuevo regresar a la placidez que supone perder de vista los horarios preconcebidos, disfrutar de algún amanecer en el mar y muchos otros atardeceres lilas, malvas y esa amplia gama de colores cuyos nombres solemos desconocer los hombres. Y la música siempre a mi lado, acompañando en calidad de escudero el tiempo breve de los días de asueto. Mientras, espero otra vez el regreso a la libertad que suponen las vacaciones, escucho nuevos sonidos que se preparan para acompañarme en ese siguiente viaje que finalizará con la entrada de un otoño más doloroso que los anteriores y que recortará muchas de las ventajas laborales que he ido acumulando con el paso de los años, treinta y cuatro ya de actividad, aunque con el objetivo marcado de luchar contra los que pisotean nuestros derechos. Por desgracia, me he enterado hace un momento de que el Presidente del Comité Paralímpico español, se ha dirigido a los deportistas, que comenzarán a competir el próximo día 29 en Londres, como “La Roja coja”. Considero que en España los principales cojos son los señores y señoras del Gobierno y otros cargos políticos de responsabilidad de ese mismo signo. Es otro tipo de cojera que, además, va unida a la ceguera y a la ineptitud. Tal vez, ese tipo de deficiencia sea la peor. Tendrían que aprender muchas cosas de esos “cojos” que luchan contra ellos mismos y por conseguir precisamente un trato más igualitario. Ya está bien, cada vez son más insoportables los populares que, por desgracia, nos gobiernan.

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