Salí contento de la lectura de Radiaciones I, que recoge los primeros volúmenes de diarios de la Segunda Guerra Mundial de Ernst Jünger y cogí con ilusión el segundo volumen, que con el título de Radiaciones II. Diarios de la segunda guerra mundial (1943-1948), recoge tres obras (Segundo diario de París, Hojas de Kirchhorst y La cabaña en la viña, años de ocupación).
Ha sido una lectura muy frustrante. Me parece que se escapan por los resquicios de estas anotaciones muchos elementos que a mí me interesarían, pero que Jünger parece no valorar para confiarlos al papel: qué piensa él de la caída del régimen nazi, por qué no explica más la distancia que de hecho había entre el estado alemán en conjunto (ejército incluido) y el gobierno nazi, aunque da unas indicaciones que a mí me han resultado interesantes, pero me han sabido a poco. De su vida familiar, nada sabemos de su mujer, salvo que le prepara café, de su hijo pequeño, salvo que le acompaña en algún paseo. La muerte de su hijo de 18 años es el centro de este libro, pero no sabemos casi de la reacción emocional de Jünger: hay estoicismo y menciones muy discretas a un dolor muy real, pero sin que se manifieste. Es todo como externo a él: lo que está en el centro son sus lecturas, la mayoría de ellas de obras lejanísimas a lo que me podría interesar como por ejemplo relatos de viajes a lugares remotos, obras etnográficas, libros recónditos de oscuros (puede que solo para mí) autores alemanes y franceses.
Quizá es que yo quería otra cosa distinta: me hubiera gustado un diario más personal, más íntimo, más familiar, más emotivo. La época y el mundo en el que se mueve dan para muchísimo: el París ocupado visto por un intelectual alemán que se relaciona con la cultura francesa y sobre todo después la vida en la Alemania derrotada y ocupada del fin de la guerra: hay destellos, algunos datos, pero mira que podría haber contado más de cómo se percibía a los nazis, y luego su derrota, y después hablar sobre qué sintieron al saber del holocausto y cómo fue la brutalidad de la ocupación de Alemania. De todo eso da solamente algunos detalles, escalofriantes, pero detalles. Tengo una fuerte sensación de ocasión perdida, pero quizá mi problema era de expectativas.
Lo que fue socavando mi interés en este libro y convirtió una lectura ilusionada en un deber oneroso de acabarlo como fuera, resultó ser sobre todo la narración continua y cada vez más detallada de los sueños que Jünger iba teniendo casi cada noche. Me he sentido como se debe de sentir un racionalista ante las vidas de santos: yo asistiendo perplejo al interés que pone en registrar en detalle lo de la noche anterior. Me ha llamado mucho la atención que haya frecuentes menciones a lo profético en esos sueños. También otras veces recoge casos de telepatía o hace relaciones esotéricas entre realidades lejanas: leyéndolo, me preguntaba por qué narices Jünger le daba importancia a cosas así: que hayan tenido por ejemplo preanuncios de la muerte de su hijo en sueños: a eso le dedica más tiempo que al propio duelo por él.
Se me ocurrió que eso mismo ha recorrido buena parte de la cultura alemana desde el Romanticismo: inteligencias muy afiladas, conocimientos científicos precisos, una organización cultural muy desarrollada, pero todo al servicio de lo que al final son delirios, fantasías, castillos de naipes. A mí me llevaban los demonios cuando Jünger se ponía por ejemplo a establecer relaciones entre palabras y su sonido y su sentido profundo, como si volviéramos a los logógrafos griegos más fantasiosos. ¿Eso era la cultura alemana que se hundió con el nazismo? ¿Estoy siendo injusto al generalizar a partir de lo que hace Jünger?
La cosa es que tiene comentarios bien interesantes junto a divagaciones, teorías delirantes junto a reflexiones hondas. Por lo demás, da toda la pinta de que en alemán debe de sonar muy bien su prosa, si hay que juzgar por el interés que él pone en la forma de las palabras. Quizá es que estos diarios sean un ejercicio retórico supremo, de estilismo de la lengua alemana, pero yo necesito que me digan algo con las palabras, no solamente que las palabras me suenen bien una detrás de otra.
Salgo muy frustrado de esta lectura: ¿seré un racionalista incapaz de percibir las honduras del idealismo de la cultura alemana? ¿Debería tener una actitud más abierta ante los sueños de la gente? ¿El irracionalismo es un humanismo y yo no soy capaz de percibirlo?
Quizá pueda ejemplificarlo con tres párrafos cogidos de la página 412, del 16 de mayo de 1945, con mis comentarios al final de cada uno entre corchetes:
Pero no podemos despojarnos de la pertenencia a nuestro pueblo. Está en la naturaleza de las cosas el que nos afecte con más intensidad la desgracia de la familia, el sufrimiento del hermano - y también que estemos asociados más estrechamente a su culpa. Esa culpa es la nuestra. Hemos de salir fiadores de ella, hemos de pagarla. [Un párrafo excelente sobre la culpa alemana, justo al acabar la Guerra]
También el Estado mundial estará formado de pueblos. Administrará a la humanidad en su Idea y en sus derechos fundamentales, mientras los pueblos se despojan de la piel de los Estados nacionales y destacan más decididamente en el crecimiento, en el cultivo de su tierra natal. [A continuación se lanza a hablar de un "Estado mundial" como ideal: 80 años después, da un poco de risa y pena un planteamiento así, tan poco sensato, en realidad. Podía sonar bien como manera de evitar el conflicto mundial, pero es no conocer la naturaleza humana, como mínimo]
En medio de la catástrofe nos conmueve la visión de seres humanos que andan en busca de su juez. Aunque al hacerlo caigan en las nuevas zanjas que han sido excavadas en todos los cruces de caminos, esos hombres rozan los rangos superiores y liberan pesos enormes. [Y un tercer párrafo otra vez interesante, aunque con final un poco retórico de más]





































