mi茅rcoles, 27 de junio de 2018

AMLO y Osorio


Por Miguel 脕ngel Saucedo L.
Durante la transmisi贸n de uno de los juegos del mundial de futbol, los cronistas hablaban de lo bien que jugaba el equipo mexicano. Sobre todo, dec铆an maravillas de Osorio, el  entrenador colombiano de nuestra selecci贸n. Se congratulaban que el canto de la afici贸n mexicana fuera precisamente ese, Osoooriooo, algo que a su ver, constitu铆a un homenaje merecido, aunque luego agregaban que tambi茅n se hab铆a merecido los insultos obtenidos cuando el equipo mexicano era derrotado. Es como act煤an los “fans” de los equipos, los fan谩ticos. Son los admiradores que a cambio de la devoci贸n hacia un pobre mortal, convertido en 铆dolo, le exigen luego los milagros  que no son capaces de exigirse a s铆 mismos. Igual pasa con los fan谩ticos de los cantantes populares y con muchos seguidores de algunos pol铆ticos.
                En el caso del futbol local, despu茅s de la obtenci贸n de alg煤n campeonato, ¿qui茅n no recuerda aquellos letreros en los autos proponiendo a alg煤n jugador del Santos para gobernador? De pronto la capacidad para cantar o golear se convert铆a en habilidad para legislar o para gobernar. Ah铆 est谩n los ejemplos de Irma Serrano, “La Tigresa”, que lleg贸 a ser senadora de la Rep煤blica, postulada lo mismo por el PRI que por el PRD; o el actual caso de Cuauht茅moc Blanco postulado por Morena, PES y PT para gobernar el estado de Morelos. Y no es que no tengan derecho, basta su car谩cter de ciudadanos con derechos a salvo para contender por un puesto de elecci贸n popular. El punto es ¿por qu茅 votar por alguien que no ha mostrado ninguna aptitud para gobernar o para legislar? ¿Por qu茅 elegir a qui茅n no ha dado muestras de preocupaci贸n por los asuntos que interesan a la ciudadan铆a? ¿Por qu茅 convertir a alguien en 铆dolo?
                Parafraseando a Marx dir铆amos que “Cuanto m谩s pone el hombre en su 铆dolo, tanto menos guarda en s铆 mismo”, lo que quiere decir que las capacidades que reconocemos a quien se idolatra son las mismas a las que renunciamos. Quiz谩 la m谩s importante de esas capacidades es la de la transformaci贸n del tipo de sociedad de la que formamos parte. No nos creemos capaces de construir la sociedad que queremos y, por tanto, no creemos tener la capacidad de transformarla. Igual que en el balompi茅. ¿Cu谩ntos de los que vemos el futbol, en el estadio o en la televisi贸n, lo practicamos? Y sin embargo sabemos m谩s que Osorio, cuando pierde. Y lo endiosamos cuando gana.
                Como a Osorio, a L贸pez Obrador le puede pasar igual. Quienes hemos visto las impresionantes movilizaciones de sus seguidores, sobre todo en la ciudad de M茅xico, atestiguamos la entrega de la gente a su candidato, como si fuera su mes铆as. Desfilan portando enormes fotograf铆as de AMLO, entonando c谩nticos apenas diferenciados de los que entonan en las peregrinaciones. Tienen raz贸n los neoliberales en asustarse, es justa su apreciaci贸n sobre el riesgo de que la institucionalidad persistentemente construida desde los a帽os 80, basada en el “todos contra todos”, se resquebraje. Se vislumbra la posibilidad de que el pa铆s convertido en mercado y cementerio, trasmute en una naci贸n movilizada. Y eso da miedo a los que saben sacar provecho de la inmovilidad, a los que saben negociar con l铆deres pol铆ticos o religiosos que poco saben de lealtad a sus seguidores.
                Como a Osorio, la popularidad se le puede revertir a AMLO. Mientras tanto, del “Peje”  dice Silva-Herzog: “En el horizonte mexicano supone la aparici贸n de un liderazgo radicalmente distinto, al mismo tiempo aut茅ntico e ind贸mito, profundo y desbocado. Ser谩 el primer l铆der social que ocupar谩 la presidencia de M茅xico”.

lunes, 6 de octubre de 2014

Entre “El miedo a la libertad” y “La banalidad del mal”

Por Miguel 脕ngel Saucedo L.

En esta ocasi贸n aprovecho mi espacio para hacer referencia a uno de los actores que pocas veces es objeto de cr铆ticas y que, me parece, es el m谩s importante y ese es el pueblo mismo. F谩cil es criticar al gobierno, a la iglesia, a los empresarios e, incluso, a la prensa misma. Pero lo que exige un esfuerzo mucho mayor es la cr铆tica al respetable, al auditorio, a aquellos a los que usualmente tenemos como oyentes o como lectores. Sin embargo, resulta necesario hacer una reflexi贸n en torno a las voces que, cada vez m谩s seguido y no siempre desde el anonimato, expresan su aprobaci贸n a situaciones que involucran a servidores p煤blicos (que, por definici贸n, son depositarios de eso que llamamos el bien com煤n), situaciones en las que no siempre se ajustan a lo que la ley establece, precisamente, para garantizar ese bien com煤n.

                Sobre todo a partir de la guerra contra el crimen organizado, en la que Calder贸n nos dej贸 embarcados, es creciente el n煤mero de voces que comparten, por ejemplo, aquella penos铆sima expresi贸n de Montiel cuando era candidato a gobernar el Estado de M茅xico, en el sentido de que “los derechos humanos son para los humanos y no para las ratas”, categor铆a, 茅sta 煤ltima, en la que mucha gente suele ubicar a quienes son (presuntamente, dice la ley) delincuentes. Las consecuencias de actuar conforme a ese “pensamiento” son, entre otras, la conducta de gobernantes y polic铆as al margen de la legalidad, convencidos de que para tutelar el bien com煤n, las leyes se han convertido en un estorbo, particularmente aquellas que tienen que ver con la protecci贸n a los derechos humanos.

                El fusilamiento de presuntos narcotraficantes en Tlatlaya por parte de miembros del ej茅rcito, la constante denuncia acerca de la desaparici贸n de civiles por parte de fuerzas policiacas y el reciente ajusticiamiento de estudiantes normalistas en el Estado de Guerrero impiden aceptar que vivimos en un r茅gimen de derecho y que, por el contrario, son justamente los derechos de la mayor铆a de la poblaci贸n los que se atropellan cotidianamente con absoluta impunidad, al menos hasta que periodistas u organismos extranjeros los denuncian.

                Con todo, el tipo de polic铆a que hemos cultivado durante a帽os, la separaci贸n de sociedad civil y administraci贸n p煤blica y la corrupci贸n que ha puesto a nuestros diferentes servicios de seguridad al servicio del crimen hacen que no nos extra帽e su conducta. Lo ins贸lito, en todo caso, es que todav铆a quede algo de la estructura del servicio p煤blico al margen del control criminal. Lo que me parece m谩s grave, y riesgoso, es que encima de que nuestros agentes del orden vivan del desorden, haya quien les aplauda. Que ciudadanos, tan comunes como Usted y como yo, muestren su benepl谩cito por las ejecuciones extrajudiciales expresa la degradaci贸n que como sociedad estamos experimentando. El desprecio por las leyes solamente puede conducir a la anticipaci贸n del Estado totalitario que, seg煤n algunos, es la fase de dominio pol铆tico que sigue en M茅xico y, contra eso, es preciso reaccionar ya.
                La permanente aceptaci贸n, seg煤n las encuestas, del comportamiento de nuestras fuerzas armadas y policiales, a pesar de sus excesos,  solo puede leerse (por parte de autoridades proclives al autoritarismo) como una exigencia de mano dura, una disposici贸n de la ciudadan铆a a trocar libertades por presuntas seguridades, sin darse cuenta de que, en esa misma medida, est谩 renunciando a la libertad que tan caro nos ha costado conseguir. Conviene releer a Erich Fromm para que nos recuerde lo que le pas贸 al pueblo alem谩n cuanto se dej贸 dominar por  El miedo a la libertad, y a Hanna Arendt para que nos vuelva a explicar que La Banalidad del mal consiste, justamente, en que la arquitectura de nuestra sociedad obliga a que cualquier subordinado haga del mal el cumplimiento de su obligaci贸n, lo que permite que alguien con uniforme asesine simplemente “porque era su deber” o “porque estaba recibiendo 贸rdenes”. 

jueves, 2 de octubre de 2014


Cuando Calder贸n desat贸 su guerra contra el narcotr谩fico en lo que menos pens贸 es en todos los civiles que quedar铆amos en medio, entre polic铆as y sicarios. Es una guerra que todav铆a no tiene vencedor pero en la que habemos muchos perdedores, especialmente los j贸venes. De como, a pesar de la violencia, floreci贸 el arte en nuestras ciudades, de eso trata este documental que se presentar谩 el pr贸ximo lunes a las 10:00 hrs., en la Facultad de Ciencias Pol铆ticas y Sociales.
 
 
 
 
 
 
 
Las modificaciones a las leyes a trav茅s de lo que el gobierno llama Reforma Energ茅tica y la Nueva Reforma al Campo no persiguen otra cosa que poner los recursos naturales en manos del capital. De eso,  y m谩s, estaremos hablando el pr贸ximo 10 de Octubre en la Facultad de Ciencias Pol铆ticas.

J脫VENES Y VIOLENCIA

El t铆tulo de 茅sta modesta colaboraci贸n casi pareciera hacer referencia a una expresi贸n tautol贸gica, en la que diferenciar juventud y violencia no tendr铆a sentido ya que, seg煤n algunos, significan exactamente lo mismo. Sin embargo, no es as铆. La juventud es, eso s铆, la energ铆a humana en su m谩xima expresi贸n y, por ello, exige de canales que permitan su conducci贸n hacia los mejores fines que la sociedad determine. Por ejemplo, los espartanos, escribe Sabina Berman en la Revista Proceso de 茅sta semana, (http://www.proceso.com.mx/?p=382692) “fueron magn铆ficos en el arte del asesinato, la guerra, pero no en las artes de la cooperaci贸n y el bien vivir, las bellas artes y la filosof铆a” porque para eso eran entrenados los j贸venes de Esparta, para matar o morir. Por eso, dice tambi茅n Sabina, “fueron atenienses y no espartanos S贸crates y Plat贸n”, es decir, porque en Atenas se cultivaba un concepto muy diferente de juventud, menos apegado a la guerra y m谩s cercano a la filosof铆a.
Lo anterior viene a cuento porque el pasado mi茅rcoles 24 se llev贸 a cabo, en la Librer铆a El Astillero, la Mesa de di谩logo J贸venes y violencia: Reflexiones en torno a la situaci贸n lagunera, convocada por el Grupo de Investigaci贸n Interdisciplinaria de La Laguna y en la que pudimos intercambiar puntos de vista con j贸venes investigadores que asumen, desde sus respectivas trincheras, el compromiso de la reflexi贸n sobre la situaci贸n de violencia que le toc贸 vivir a la juventud de nuestra regi贸n en 茅stos 煤ltimos a帽os. Podr铆a decirse que la violencia nos afecta a todos, y eso es cierto pero, no a todos por igual. Los j贸venes, seg煤n datos esgrimidos en ese di谩logo, son los m谩s afectados, son las v铆ctimas predilectas, quiz谩 precisamente por esa energ铆a para la que el Estado mexicano hace tiempo dej贸 de ofrecer alternativas. Por ejemplo, ah铆 se mencion贸 que en el a帽o 2011, con datos de la Procuradur铆a General de Justicia del Estado, Torre贸n se situ贸 como la ciudad m谩s violenta del Coahuila con un total de 741 asesinado de los cuales 277, es decir, el 37.3% contaba con menos de 25 a帽os y 44 de las v铆ctimas eran menores de edad. Para 2012 el total de homicidios violentos fue de 537, de los cuales 197 eran menores de 25 a帽os, incluyendo a 37 que eran menores de edad. De manera que, con esos datos, es obvio que el joven es la v铆ctima predilecta del crimen organizado. Por supuesto, falta incluir en el rubro de v铆ctimas a muchos de los j贸venes que trabajan como sicarios, distribuidores o “halcones” ya que dif铆cilmente podr铆a aceptarse que tomaron esa decisi贸n desechando la opci贸n de un trabajo digno o de una oportunidad de estudiar pues, ambas opciones son, desde hace tiempo, inexistentes. El ser “nini” (j贸venes que ni trabajan ni estudian) lejos de ser una opci贸n es la condici贸n para su conversi贸n en operadores del narco. Sin trabajo, sin educaci贸n y habitantes de barrios seleccionados para el mercadeo de droga son la carne de ca帽贸n m谩s barata para ese tipo de actividades.
Por otra parte. la definici贸n de las identidades, de g茅nero, por ejemplo, tambi茅n fueron dram谩ticamente alteradas por la irrupci贸n de la violencia vinculada al narcotr谩fico. De repente, la masculinidad dej贸 de identificarse con la capacidad o disposici贸n para resolver las diferencias personales a trav茅s de un “tiro derecho”, es decir, persona a persona o de hombre a hombre (sin intervenci贸n de amigos o c贸mplices) y a mano limpia, o sea, sin armas ya que qui茅n usara instrumentos punzocortantes o armas de fuego estar铆a renunciando al concepto socialmente aceptado de hombr铆a para ubicarse, por tanto, en el rubro de la cobard铆a. La amistad, lo que los j贸venes del barrio llaman “el carnalismo”, la solidaridad con alguien tan solo porque es del barrio son conductas que reci茅n empiezan a recuperarse conforme se arrebata la esquina, la calle y la plaza a la actividad delictiva. La pregunta es ¿C贸mo hacer para que la recuperaci贸n sea definitiva? 脡sta y otras preguntas quedaron pendientes para la siguiente Mesa de Di谩logo a la que, ojal谩, muy pronto nos convoque el Grupo de Investigaci贸n Interdisciplinaria de la Laguna en la hospitalidad de El Astillero.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Las mujeres del alba


Las mujeres del alba

Por Miguel 脕ngel Saucedo L.

“Atacaron a los soldados”, exclamaban con preocupaci贸n. Yo sab铆a que la lucha era en el cuartel, que ah铆 ten铆a que ser. No salud茅 ni me detuve con nadie; yo iba concentrada en avanzar con mis cinco hijos. Cuando llegamos a la casa de mi cu帽ada, no me sorprendi贸 verla afuera. La vi a los ojos y entend铆 lo que ocurr铆a. “Temo que ah铆 est茅n mis hermanos Salom贸n y Salvador”, me dijo. “Claro que est谩n”, pens茅 yo, pero nada respond铆. “Tengo que esconderme, no tardar谩n en buscarnos”, le dije. Nos llevaron a la troje; estaba llena de ma铆z, aperos. Nos trajo algo de comida y un peque帽o aparato de radio. “Ten铆a que ser as铆”, le coment茅. “Los hombres piensan que son los 煤nicos que viven y mueren”, respondi贸 con miedo y con presentimiento. “Todos morimos”, le contest茅. “Pero unos sufren m谩s”, repiti贸. “Yo creo que s铆, pero no importa ahora”, insist铆. “Ellos se van al monte o se mueren, pero t煤 tienes que esconderte”. Ten铆a raz贸n, pero hab铆a muchas cosas que hacer; no hab铆a tiempo para hablar.

            Lo anterior es un fragmento del excelente libro de Carlos Montemayor Las mujeres del alba, texto que recupera una de las facetas que pocas veces se recogen acerca de eventos tan dram谩ticamente importantes en la vida de una naci贸n, como los movimientos armados. Y la faceta que recupera es la participaci贸n, o mejor dicho, el sufrimiento de quienes “no participan”, en este caso, las mujeres. El libro nos muestra como en un estado de polarizaci贸n social no es posible la “no participaci贸n” y nos muestra ese lado de la realidad que permanece oscuro, a pesar de ser tan doloroso.

Por ejemplo, cuando se habla de la guerra contra el narcotr谩fico se habla de muertos, tanto ejecutados como de quienes pierden la vida en los enfrentamientos, y las cifras que dan cuenta de ello, de por si dolorosas, parecieran reducir el sufrimiento al de quienes mueren. Esas cifras no hablan de cuantos ni帽os quedan hu茅rfanos, tampoco mencionan a quienes se convierten en viudas y quedan, con todo y familia, en el peor de los desamparos. No muestran a quienes sufren la muerte de sus hijos ni la p茅rdida de los lazos comunales y vecinales que antes permit铆an acompa帽arse en el duelo y en la solidaridad para enfrentar la desgracia, lazos que ahora se sustituyen por el miedo y la desconfianza. No hablan de quienes se convierten en esposas, madres o hijas de quienes pasan a formar parte de la creciente poblaci贸n carcelaria, sujetos a la indignidad de vivir en espacios insuficientes para   albergarlos, a los constantes y permanentes abusos por parte de quienes controlan las prisiones.

Las mujeres del alba son las esposas, madres, hijas y hermanas  de hombres que, simplemente, un d铆a se cansaron de soportar carencias y humillaciones y decidieron que arriesgar la vida bien val铆a la pena para iniciar, as铆, un proceso de transformaci贸n de las condiciones en las que  sus familias tendr铆an un poco de dignidad, algo de bienestar, un mejor futuro para sus hijos. Esa madrugada del 23 de Septiembre de 1965, el ataque al cuartel militar en Madera, Chihuahua, har铆a despertar a un pa铆s ubicado a煤n en el sue帽o del “milagro mexicano”, ese periodo de crecimiento sostenido que permiti贸 que el crecimiento econ贸mico fuera superior al de la poblaci贸n, un “desarrollo” que, nos hicieron creer, era el desarrollo de todos.   

Las mujeres del alba nos recuerdan que los hombres no son “los 煤nicos que viven y mueren”, algo que conviene tener presente en un pa铆s que sigue empecinado en la espiral de polarizaci贸n que lleva ya varios a帽os y que, lejos de disminuir, tiende a crecer.

Las mujeres del alba. Carlos Montemayor. Mondadori, 2010.