lunes, 8 de diciembre de 2008

Reflejos


(Por Hipot谩lamo)
Las persianas se levantaron el martes y el vidrio no hab铆a pegado un ojo. Parado, como siempre, lo estrellaba una idea, como nunca. Faltaba la semana que esperaba todo el a帽o, pero eso era cuando todav铆a cre铆a en el esp铆ritu festivo, apenas unos d铆as previos al primer feriado de diciembre, de ese lunes.
El calvario empez贸 con el adi贸s al domingo. Un grupo alterado de brasile帽os bajaron sus cierres y salpicaron orina contra su torso. Batallaba contra el vaho, mientras esperaba que el maestranza de las galer铆as lo oliera, que le acercara la manguera, nada m谩s. Pero el buen hombre afronta un conflicto con el consorcio por las horas extra y nunca apareci贸.
Hace unos a帽os las piedras lo dejaron sensible al tacto. El compa帽ero hab铆a ligado balas de goma y la familia, acostumbrada al ne贸n, le rog贸 que pidiera un traslado a una zona m谩s tranquila que el Congreso. Tozudo, crey贸 que as铆 terminar铆a d谩ndoles la raz贸n a los canallas de sus clientes. Mal que mal sigui贸 al frente hasta que pasaron los brasile帽os, se borr贸 el portero y llegaron algunos chicos contentos por la comuni贸n. Despu茅s de esas biblias al viento, de los billetes simb贸licos, todos los que caminaban cerca empezaron a mirarlo: los due帽os del s煤per mercado lo hicieron de costado, una chica que no llegar谩 a las playas se tap贸 la cara con la revista, los chicos que limpiaban parabrisas bajaron la voz, el cielo se hizo sepia y una se帽ora grande (quien pertenecer铆a a las abuelas de los comulgados) se crey贸 pose铆da cuando no encontr贸 el reflejo de su imagen.
La humedad de la siesta le dio una tregua porque se encendieron los aires acondicionados del primer piso y un surco de agua trajo alivio. Cuestion贸 el rechazo de los ciegos, a algunos insult贸, deseaba no volverlos a ver, reflexion贸 que los canallas no eran tan desagradables, que cuando la chica sin playas cumpli贸 la dieta se llev贸 su piropo, que un ratito cerca suyo no le hac铆a mal a nadie, un comentario y chau, nada m谩s, como la manguera que no llegaba. De repente sonaron villancicos, las luces titilaban, otras se encend铆an hasta que un empleado lo not贸: el viernes, mientras cerraban la caja, la nueva se olvid贸 de ce帽ir el pantal贸n del traje de Pap谩 Noel. Para esc谩ndalo, el maniqu铆n era el que usaba lencer铆a nocturna en la liquidaci贸n de noviembre. La nueva no volvi贸 m谩s. Y el vidrio pidi贸 el traslado.

martes, 25 de noviembre de 2008

El Negro


(Por Hipot谩lamo)
La humedad mat贸 al Negro. O eso cre铆a la chusma. Todos los vecinos lo conoc铆any todos le tem铆an. El que hablaba de sus negocios, flotaba a la ma帽ana siguiente. Se metieran en su barril, irritaran su bigote, osaran con robarle la raci贸n o circularan cerca en un mal d铆a, adi贸s. Claro que ahora sabemos que los cr铆menes fueron obra del Negro. Ahora que el sol de diciembre le jug贸 una mala pasada, ilumin贸 su zona impune y ventil贸 el olor podrido del 煤ltimo que se hizo el guapo. Hac铆an d铆as que no ca铆an pedacitos de surtido tropical cuando el jefe del Negro se acord贸 de alimentar a la barra y la batahola fue brutal. El Negro fue golpeado en el suelo, pero lo dejaron vivo. Airoso, pec贸 de fanfarr贸n y al due帽o no le gust贸. Lo pasar铆a a mejor vida.
La humedad de diciembre pegaba las ropas cuando el due帽o sali贸 a correr con una excusa. El operativo estaba planeado, s贸lo deb铆a esperar a que el Negro se durmiera, meterlo en una bolsa con agua y llevarlo a oscuras al r铆o de Puerto Madero. Seg煤n testigos, las prostitutas del Negro casi rompen los vidrios cuando se lo llevaron. Sus maridos, en cambio, se met铆an al barril, lo destartalaban y sal铆an ebrios de la libertad. Diez cuadras abajo, la suerte del Negro estaba echada, pero su vida corri贸 serio peligro en el traslado, cuando la bolsa se pinch贸 y el Negro empez贸 a saltar hasta la manija. Fue cerca de la orilla cuando sus ojos se pusieron blancos. El due帽o del Negro vigil贸 la zona. Nada raro: los estudiantes se besaban en los bancos. Se abri贸 la bolsa y el Negro deb铆a caer al agua. Pero no iba a entregarse as铆 nom谩s. Mordi贸 con furia los bordes pl谩sticos y s贸lo el tercer sacud贸n lo mand贸 al fondo, con botellas, m谩s bolsas y viejos enemigos. Mientras el due帽o del Negro empez贸 a trotar, el Negro empez贸 a transpirar: el Gordo le afeit贸 el bigote y el Rubio le roz贸 la v茅rtebra. Bast贸 que se confundiera en la oscuridad para perderse con una promesa: “tengo que volver”.
Durante la ida, el Negro disimulaba desesperaci贸n pero en realidad giraba la cabeza contra el abdomen del que lo transportaba. El Negro siempre supo el d铆a que intentaran descontar de sus servicios y por eso se aprendi贸 el camino. Antes de que anocheciera, habl贸 con la banda del Riachuelo que lo trataba como a un h茅roe por la batalla ganada contra Mar铆a Julia. Los actuales capos quisieron ofrendarle un asado y la correspondiente merluza, pero el Negro s贸lo quer铆a saber la canaleta que lo devolv铆a a San Telmo. “Agarr谩 la que desemboca en Azopardo y dobla en Estados Unidos. Acordate, es antes de desviarte por las de la facultad de ingenier铆a”, le dijeron. El Negro nunca fue a la universidad pero la calle la conoc铆a como ninguno. Aplaudido por los muchachos, limpi贸 sus pulmones con un catarro de flema, se embarr贸 un poco el lomo y lleg贸 hasta la esquina indicada. Antes de entrar a su casa, esper贸 que su contacto de la cuadra le gritara cuando tiraran la cadena as铆 aprovechara el cambio de agua. Justo el due帽o del Negro volvi贸 de correr. Elong贸 antes de meter la llave y fue directo a la heladera en busca de agua. La casa era un horno y mientras ventilaba la sala, el Negro apareci贸 en el inodoro, sin bigote, pero con los ojos amarillos de siempre. El cruce de miradas entre los dos inund贸 de temor el ba帽o y el Negro volvi贸 a la pecera. Prometi贸 venganza por el barril.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Puntos


(Por Hipot谩lamo)

. Trebuchet acompa帽ar谩 estas l铆neas. No le gustaba el punto: menos los dos, uno encima del otro. Pero son puntos. Y punto. Pasan muchas veces desapercibidos. Hasta sufren humillaci贸n, tal cual es el caso de los suspensivos… Uno, dos, tres, no dos, cuatro o seis. Un poco de respeto para ellos, o para 茅l, capaz de ser seguido o de ser final, seg煤n el humor de quien lo hunda. Gustar铆a un punto de inicio, como el que figura cinco l铆neas arriba. N贸tese que debe aclararse este 铆tem, este punto. Podr铆a confund铆rselo con un recurso est茅tico, con un s铆ntoma de orden, seg煤n la lectura de 茅l, quien pens贸 que recib铆a los 煤ltimos movimientos de la tarjeta de cr茅dito y llor贸. Estaba limpio de culpa y cargos, y llor贸. Ese sobre no tra铆a n煤meros: apenas 96 palabras y un punto, final, final.
Us贸 la carta como posa tazas, retir贸 el saquito de t茅, exprimi贸 las 煤ltimas hebras y esa l谩grima de siempre se col贸 hasta sortear la barrera m谩s dura, la del grueso papel de sobre. La te铆na acelera corazones en estado de paranoia del protagonista que nunca ley贸 sobre eso ni eligi贸 el div谩n. Mal no hubiera hecho, aunque iba a pagar en cuotas, optimista, sin inter茅s. Ya era madrugada cuando la taza dej贸 un c铆rculo marcado, invit谩ndolo a entrar, a releer lo que le escribi贸. Luego del seco suplicio “Le茅 esto, por favor”, el punto ya no estaba. Se lo hab铆a llevado el sorbo que cay贸 de la cuchara. Lo busc贸 de un lado de la hoja, del otro, corrobor贸 fecha y bar de escritura, baj贸 en pantuflas hasta el diarero de la esquina, el 煤nico despierto a esa hora. El punto no estaba. ¿Y ahora? ¿La llama? ¿Va? ¿No? ¿Dormir谩? ¿Sola?
As铆 paso su vida pas贸. Entre signos. De puntuaci贸n y de interrogaci贸n. De certezas y de incertidumbres. Los puntos los recib铆a, los signos de pregunta los par铆a. Entr贸 en penas, comenz贸 a beber, le agregaba pastillas de edulcorante al t茅, tantas que sinti贸 manzanas en la espalda. La s谩bana fr铆a le recordaba lo solitaria que era la vida. Un d铆a puso una bolsa de agua caliente, sin quitarle el aire lo suficiente como para esa explosi贸n en los pies, alterando la forma de u帽a y me帽ique, bailarina pareja al son de Miguel Boss茅. Todav铆a vendado, ya sin su t茅 adulterado, destap贸 un vainill铆n. La metamorfosis del gal谩n de gamul谩n lleg贸. Una cucaracha lo llev贸 en subte. Lo invit贸 a subir. Lo infect贸 con una aguja crochet. Ya era otra ma帽ana, ya era otra sombra, cuando busc贸 una escoba para quitarse los dolores. El mareo lo tumb贸. Esa noche recibi贸 la carta. Cuando el punto estaba ah铆. O no.

jueves, 20 de noviembre de 2008

¡Felices Fiestas!


(Por Hipot谩lamo)
Ah铆 va el chico de las hamburguesas r谩pidas con su combo navide帽o. Antes del ruido a trueno que hace la persiana, se detuvo sobre el mostrador del almac茅n: hab铆a una botella de sidra, algunos confites y una maceta de pan dulce envueltos en celof谩n. Sin margen en la tarjeta de cr茅dito, la visita a los chinos vali贸 el d铆a. El chico de las hamburguesas r谩pidas no tomaba sidra ni com铆a pan dulce, pero le gust贸 la idea de apurar el a帽o. Faltaban cinco semanas para la gran semana y el combo ya estaba ah铆, listo para inaugurar la vigilia. Con el paso apurado lleg贸 al balc贸n porque anoche no hac铆a fr铆o y, mientras la botella jugaba con la explosi贸n en el freezer, arrancar铆a a tirones las frutas secas. Lo har铆a como la maestra que tiraba de sus patillas, cuando los a帽os eran de ma帽ana. “Ah, la se帽orita Olga…”, contempl贸. Pens贸 en llamarla si tuviera el tel茅fono. Con la 茅poca como excusa, le dar铆a las gracias. Ese reto era lo que entonces conoc铆a por dolor. Ahora minimizaba aquella caminata carcelaria a la direcci贸n; destacaba la lecci贸n que lo preparaba para las condenadas noches de la adultez.
El chico de las hamburguesas r谩pidas no recuerda la peor noche de su infancia. Fue cuando sus padres se divorciaron despu茅s de la primera hamburgueseada y de que soplara las velitas. La gota que rebas贸 el matrimonio fue que el payaso les hab铆a cobrado una fortuna. El accidente que este trago de sidra fr铆a que casi se congela no olvida es el de la pelota de gajos celestes, blancos y negros, s贸lo pateada dos veces, una para iniciar el juego, la segunda para la esquina donde el colectivo la mat贸. El complejo de Adidas Tango le dura hasta el presente, por eso corre poco en el trabajo. Eso no le gusta al jefe, un ex amigo que de tanto sonre铆r ahora grita. El chico de las hamburguesas r谩pidas no pensaba en un despido con indemnizaci贸n hasta ayer a la tarde, cuando el jefe le tir贸 una cajita feliz, armada, con el juguete adentro. Por eso mord铆a con odio el turr贸n mientras defin铆a los pasos a seguir. Quer铆a quitarse el olor a aceite de encima pero lo pag贸 una pelota que estaba en el balc贸n, olvidada por el desuso. Ya desinflada, la tir贸 a la avenida.
Sin aire para el alivio, pens贸 en los protagonistas de los d铆as que se ven铆an. Una vez destapada, la sidra s贸lo pod铆a terminar en la sangre; abierto, las migas del pan dulce sufrir铆an calambres; el turr贸n, aunque pegajoso, aguantaba un poco m谩s, quiz谩s hasta Reyes. El milagro era que por una vez no hubiera torta helada, tan irresistible que la dieta pasaba a la segunda semana de enero. “Esto de las fechas”, magullaba, descreyendo de que las hojas del almanaque se llevan todo, de que el comienzo de la semana es el de una nueva vida, ¿y de que el s谩bado y domingo es el fin de?
La primera sidra del fin de a帽o fue un 茅xito. Exquisita si se tiene en cuenta el precio y generosa por las sonrisas cuando las burbujas colapsaron en la garganta. Es cierto que no le provoc贸 otros cosquilleos como antes. El chico de las hamburguesas r谩pidas record贸 cuando, t铆mido, tom贸 un sorbito extra a la hora del brindis y se crey贸 mareado. Luego reflexion贸 sobre el paso de grado et铆lico en s茅ptimo, donde ped铆a el paso del vino que se vino la pachanga. Una vez la se帽orita Olga lo escuch贸 y as铆 le fue. Anoche estaba solo, sin nadie para retarlo. Los platos tan sucios que fue a lavarlos no sin antes llenar dos botellas de agua y mandarlas al freezer. Iba por las cucharas cuando las sac贸, listas para tirarles un jugo en polvo. Esa fue una inteligente planificaci贸n y no le demandaba tanto tiempo como ponerse los pins despu茅s de planchar la camisa. Vestido para atender, el chico de las hamburguesas r谩pidas viaj贸 al trabajo esperando que la noche llegara para otro combo navide帽o. Era el sentido de su d铆as. El despido sin indemnizaci贸n era inminente. Eso era lo que nunca le铆a en el diario gratuito: las cifras del golpe econ贸mico escond铆an las del afectivo. La mam谩 lo llamaba de vez en cuando y hab铆a insinuado invitar a la chica de las hamburguesas r谩pidas para el 24, pero no iba a ir porque al jefe se le fue la mano con ella y a ella le gust贸. Otro posible ausente era el t铆o, que dirige a un equipo de la Liga que pelea el campeonato. Tampoco estar铆a el notable primo, tan 谩gil para los negocios como para las mujeres. ¿Y 茅l? ¿Ir铆a? Cuando llegara la cita tan esperada, se har谩n las nueve y el boludo 茅l todav铆a seguir谩 sin ba帽arse. Luego de 32 noches de sidra, deber谩n despertarlo, tirarle un poco de perfume y que sonr铆a hasta saludar a la t铆a del postre helado. Chocadas las copas ser谩 lo mismo de siempre: la noche donde todo est谩 permitido para dar paso al despertar con la foto del primer beb茅 del a帽o, la disputa de las madres por qui茅n lo pari贸 antes y el m贸vil desde la playa.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Presa de tu ilusi贸n


(Por Hipot谩lamo)
Casi era de d铆a cuando Juli谩n golpe贸. Al minuto de trompadas a la madera, balbuce贸 un “abrime”, Laura se despert贸, enroscada en la s谩bana, con los ojos chiquitos y feo aliento. Se abri贸 la puerta. El tampoco ocultaba el vaho de humo y ginebra (“La Corona es para los putos”, fue su frase de conquista). Era un macho rancio, de los que cuando ponen un pie adentro revientan los botones de su camisa. Iba por la bragueta cuando se le tir贸 encima. Sent铆 que se descuajering贸 el sof谩, el rechazo y la discusi贸n. Desde hace un tiempo ella le reprochaba sus actuaciones en el bar, donde compensaba el sueldo por una cuenta corriente. No es por defenderlo, pero s茅 que lo conoci贸 as铆, despu茅s de la obra en la que encabezaba el reparto. El pobre nunca entendi贸 el protagonismo de la relaci贸n. Y la 煤ltima vez ya no fueron juntos al s煤per. A principios de este mes me hab铆an llevado hasta el departamento del s茅ptimo piso (ahora que lo pienso, no s茅 c贸mo habr谩 subido). Cerca del living estaba yo, muerta de fr铆o, escuchando todo: que te vi con la moza, que tus celos me tienen harto, que los vecinos se quejan, que no quer茅s chicos, que bancate lo que sos, que lucho por mi vocaci贸n, que no me cambies de tema porque la moza te llam贸, que otra vez con lo mismo, que mostrame los mensajes de texto... Hasta que el bolsillo vibr贸 sin parar hasta vencer el tiro del pantal贸n. La est煤pida reci茅n terminaba con las mesas y quer铆a saber si dorm铆an juntos. Laura cheque贸 la ortograf铆a, entr贸 a mi cuarto y le tir贸 con el plato sucio. “Que te lo limpie ella, hijo de puta”, susurr贸, mordi茅ndose el labio.
La puerta de entrada sufri贸 otro golpe, seco, como el hielo. Todo qued贸 en silencio. ¿Lo dej贸? Juli谩n balbuce贸 m谩s insultos al aire. Ni un sollozo de mi macho rancio. ¡Lo dej贸! ¡Solo para m铆! Todo este sufrimiento vali贸 la pena: las ma帽anas en el campo, la mudanza a Liniers, el d铆a que en la ruta casi me violan los de la villa, el manoseo de los guarangos de barbijo, ¡los pinchazos!, las etiquetas que soport茅 del gerente, un suelo de goma, un techo transparente, el perfume de or茅gano, la soledad de los primeros d铆as, la adaptaci贸n a la misma m煤sica de FM, la piel erizada por los bombos de plaza de Mayo, y esa siesta inolvidable, cuando me sent铆a en el horno hasta que 茅l se acerc贸, discrimin贸 a las vecinas y me llev贸. Ya en su departamento soport茅 c贸mo ella le cantaba mientras cocinaba, un escape de gas y algunos ruidos contra el m谩rmol. No importaba. Ahora est谩bamos los dos. As铆 que dale, papito (yo s铆 te digo papito); no toqu茅s, tonto, abr铆 sin pedir permiso; eso es, sacame, sacudime un poco, as铆, abrigame en tu boca, yo me banco el alcohol; pero no, no, no hace falta prender el horno, ay, bueno, c贸mo me calent谩s; esa es la cremita que ven铆a conmigo, ¿no?, qu茅 feo el patito, sac谩melo de encima, no, basta, ya est谩, la piel se me eriza, cuidado con el muslo, as铆, as铆, as铆 no, par谩, cerr谩 que me va a agarrar fiebre; escuchame: ¡Juli谩n, sacame de ac谩! ¡Juli谩n! Media hora despu茅s, me crisp茅. Todav铆a respiraba cuando la moza toc贸 la puerta. Agarr贸 otro plato y al lado me puso cubitos de morr贸n. Si sab铆a esto me quedaba con los de la cubetera. Vi en carne propia qu茅 eran los ruidos contra el m谩rmol. Reci茅n despu茅s le agarr贸 hambre. Ojal谩 que las inyecciones hayan sido de hormonas.

viernes, 31 de octubre de 2008

Reina madre


(Por Hipot谩lamo)
Reina deseaba ser deseada. Que los alba帽iles cayeran de los andamios. Que los taxistas abollaran sus paragolpes. Que los diarieros le invitaran l谩grimas. Que el verdulero le diera el vuelto en zanahorias. Que el florista le separara una magnolia. Pero reina, lo que se dice reina, se sent铆a cuando los hombres del colectivo se pon铆an de pie para que eligiera ventanilla o pasillo. La primera vez se inclin贸 por la primera opci贸n, as铆 el viento de Talcahuano la despeinaba. La idea dur贸 algunos viajes. Hasta que una tarde le lleg贸 el turno de bajarse cuando el abogado del asiento trasero le mordi贸 un mech贸n con los ojos cerrados y el hincha de Boca movi贸 s贸lo sus piernas para que el vestido pastel le pasara tan cerca. Luego us贸 un pantal贸n pinzado, ajustado a la cola. A煤n as铆 un cajero de banco se levant贸 antes que el resto y cedi贸 su asiento individual. El 39 fren贸 de golpe, los papeles volaron y se olieron en la confusi贸n. Sonriente como si escuchara un programa de radio, le cambi贸 el humor cuando el bruto del volante hizo bailar los cuerpos y gener贸 el roce de la bragueta con su hombro. Lo mir贸 con el ce帽o fruncido y 茅l levant贸 sus cejas dos veces. Reina se puso de pie y empuj贸 a las mujeres que ven铆an con la boca llena de papas fritas, escupiendo migajas de la risa. “Eso le pasa por tener coronita”, comentaron dos Marujas.
Reina ya no deseaba ser deseada. Se levantaba cuando todav铆a era de noche para caminar diez cuadras hasta el subte. Con ojeras, val铆a la pena correr por las escaleras porque ahora ella empujaba ante el sonido de la chicharra. De vuelta a casa, un chico de estampitas qued贸 prendido de sus caderas y un vendedor de perfumes not贸 la humedad de sus axilas. El guarango revis贸 el bolso. “A vos te voy a dar… todo el d铆a”, le dijo, pas谩ndose la lengua por las enc铆as. Reina apenas repar贸 que no le faltaban dientes. Y le avis贸 que bajaba en Malabia. Salieron a la luz, el vendedor de perfumes se acomod贸 el traje azul heredado del padre, despeg贸 el abanico de billetes de la mano, salud贸 al portero y la empuj贸 al ascensor. Hasta el noveno piso, se contagiaron de sudor. Ya adentro, Reina dej贸 la oscuridad abrumada por ese animal de conurbano que le hab铆a mordido el cuello, los muslos y el mech贸n de pelo. Pens贸 en 茅l toda la noche hasta que la farmacia de la cuadra abri贸 sus puertas. Iba a comprar la pastilla del d铆a despu茅s. Pero la semana de atraso lleg贸. La m茅dica laboral acredit贸 sus v贸mitos. As铆 tuvo las tardes para buscarlo por la roja l铆nea B. Le dol铆a caminar pero eligi贸 la salita de la C y pas贸 ma帽anas en Retiro y en Constituci贸n. Los panchos eran m谩s baratos y m谩s ricos que las zanahorias, pero nunca encontr贸 al vendedor de perfumes. Meses despu茅s, Reina volvi贸 al 39. Y el primer asiento estaba reservado, ahora s贸lo para esa pancita.

mi茅rcoles, 22 de octubre de 2008

Imperfecciones





(Por Hipot谩lamo)
Lloraba tanto que su moco fue otra pompa de jab贸n. Patale贸 hasta embadurnar los azulejos de espuma. La falange del anular izquierdo le fregaba la cabeza como si el sumidero se llevara la foto con ella de blanco. Le advert铆a que si volv铆a a hacer otro esc谩ndalo la pr贸xima se las arreglaba solito. Cuatro d铆as despu茅s hab铆an retomado al di谩logo pero la sentencia se mantuvo. S贸lo le pidi贸 que lo ayudara con la polera puesto que el cierre sol铆a rasgar su nuca. Del otro cierre se encarg贸 茅l, despidi茅ndose de la ni帽ez. Ech贸 a correr el agua, puso el tap贸n y desparram贸 el shampoo enemigo sobre la ba帽era. Un pato de hule y un perro de pl谩stico lo rodeaban hasta que la burbuja explot贸 y dej贸 sus imperfecciones a la luz. Empez贸 por los pies ya que ellos hab铆an sido los culpables de este ba帽o. Fue cuando not贸 la u帽a del dedo gordo distinta a las dem谩s, distante a la publicidad del pie feliz. Un alicate que pul铆a el gris rosado lo introdujo a la dramaturgia. Pero si quer铆a ser pirata y terminar con la vida de las mascotas deb铆a llevar una marca. Mir贸 de cerca la navaja del hermano mayor cuando el jab贸n sigui贸 de viaje hasta la rodilla. Ten铆a cinco a帽os cuando lo empuj贸 contra una bolsa de sobras de la empresa de carteles familiar. Tampoco recordaba que la cicatriz med铆a sus cent铆metros. Conforme con la huella, tom贸 aire para enfrentar a esa gelatina de durazno, amoldada entre el pubis y el pecho, dejando al pupo como emotic贸n de asombro y al primer pliegue de piel como techo a dos aguas. Disfrut贸 jugar con el relieve de sus costillas y le cambi贸 el humor ese pelito de la tetilla derecha. Se hab铆a armado de paciencia mientras sus compa帽eros coqueteaban con las de s茅ptimo grado. Acostumbrado a m谩s, llev贸 su mano a la izquierda, donde el rebote fue m谩s duro que el de la pecosa del primer banco. Sinti贸 que pod铆a conquistarla cuando ganaron el concurso de dictado. M谩s cuando se erigieron como la pareja de talentos luego del primer relato sobre el recreo. Y qu茅 pensar cuando dej贸 a los amigos del fondo. Si supiera que ah铆 estaban los que a ella le gustaban, esos bandidos lindos o feos pero con el delantal corto, firmado, dibujado y sin reproches maternales sobre irritaci贸n ocular. La ducha volvi贸 a abrirse y segu铆a sin cambiarse delante de hombres; menos en el gimnasio. No era un atleta, s贸lo se vest铆a como tal. Otra vez lunes de un nuevo mes, otra vez a la cinta de correr. Eleg铆a la siesta a la espera de alguien que repare en sus zapatillas plateadas. Fue cuando la chica del conjunto Adidas se puso a su lado, luego de una caminata feroz, de cinco minutos, los suficientes para que le dijera algo antes de que eligiera los auriculares. La timidez en el habla deb铆a compensarla con el trote y fue subiendo de niveles, formato n贸rdico si hac铆a falta, sin flaquezas. A la cuarta siesta se saludaron y luego de la rutina llevaron sus botellas de agua al sauna, ¿segura, al sauna? La nube de calor disimul贸 la u帽a del pie y la toalla la cicatriz. Pens贸 en meterse con remera como los veranos de playa. La sonrisa lo oblig贸 a quit谩rsela y a acostarse para evitar la mirada fija. All铆 le habl贸. Le dijo que le铆a, le pregunt贸 qu茅 le铆a. La intimidad no dur贸 ni una respuesta cuando el grupo del fondo se sum贸: abrumados de endorfinas, tallados en bronce, rieron, rieron, rieron hasta cuando despreciaron al an贸nimo, al amigo de la sensaci贸n de Tribunales. Hablaron sobre autos, casamientos, salidas, celulares, c贸cteles, televisi贸n, dietas y tratamientos capilares. Los ojos empezaron a arder como la primera vez.

jueves, 9 de octubre de 2008

Avenida Corrientes

(Por Hipot谩lamo)
Las bibliotecas son horizontales, tumbadas como zapatillas de talle 煤nico. Los m煤sicos son solidarios, sobrios como pide la cultura.gov.ar. Los africanos son custodios, discretos como si sus joyas valieran el silencio. Las mujeres son de imprenta, perdidas como las voces de sus gerentes sin t铆tulo. Folletos m谩s, folletos menos. Follemos m谩s, follemos menos. La oferta baja desde Callao hasta el Luna Park.
Sin guantes ni vaselina, a los cojines de El Ateneo Grand Splendid. Abajo, una raya al costado, la mand铆bula de monedero y el lunar beige. A su lado, una rubia del 76. Llega el hijo. Pispea el recital. Mejor cortate el pelo si quer茅s lo que pide la inmobiliaria. La futura madrastra se acomoda el escote. Est谩s hecho un hombre. Circe. La cuenta, por favor. Cuente bien. Cuenta bien.
La taza escaseaba en cafe铆na. ¿El coj铆n se har谩 sof谩 cama? Vamos, de pie, lector, a la biblioteca vertical. En la secci贸n de argentinos, antes de Marechal, cuatro ediciones de ese padre del aula inmortal desde el 99, caminante en zapatos n谩uticos, abdomen de meses y marcos negros: David Lagmanovich. Una generaci贸n de periodistas fue su alumnado. Para algunos, la tortura franciscana. Dictaba clases los martes a las 7 y ahora fue reconocido por una editorial espa帽ola.
Camino a las mesas de saldo, grandes escritores ridiculizados en car谩tulas al costo. Borges y Bioy Casares confundidos como si hubieran nacido Bustos Domecq. Un lector voraz del f煤tbol rosarino los da帽a. Bang, su pistola dispara pegatinas verdes. Bang, ahora naranjas. Escupe y deja su sello: pesos diez. Cerca, S谩bato. El rostro resignado por sus recuerdos de Espa帽a sobresale. Suena mejor perderse por Parque Chas, chas, chas. ¿En la colita? Vuelven los folletos. Se los recibe con la amabilidad que se los tira. Piensan que todos toman sopas de letra, esas biblias de trenes inflamables. Banfield se hace presente. ¿Y Cort谩zar? No hay usados, responde la ex vendedora de Essen. Oh, Carol, es exclusivo de Yenny.
De pausa en la confiter铆a, una pareja se tose. No habr谩 confites. Otra transmite su incomodidad al mozo. No atiende. Ay, fuego, fuego. Hay fuego, en la cocina, fuego. Agua, que sea del r铆o, lejos del cine impuntual, del rinc贸n beatle desesperado, cerca de los enanos lustrabotas, de los relojes del custodio, de los diarios gratuitos mojados para la balanza.
El juego fue en vano. No hubo Rayuela a precio de f谩brica. Tampoco la escond铆 bajo el sobretodo. Hubo hallazgos como dos tucumanos que roban risas en el paseo La Plaza y la revista Sur con su Borges tan parecido f铆sicamente a Aurane. Al margen, Carriego, Almafuerte, Baltar y Lugones en Proa y Prisma. Un a帽o atr谩s las publicaciones costaban casi quince monedas, hoy s贸lo cinco. Para el final: el rescate emotivo. Mor贸n, tierra de Trist谩n Baus o Amelia de Praino, dos de los nueve escritores que el 20 de noviembre de 1980 fueron due帽os del lejano oeste. Publicaron quinientos ejemplares de Los senderos de la mente. Uno lleg贸 a mis manos. Ahora leo el cuento Nace el sol, muere el sol, dedicado al profesor Arturo Cambours Ocampo. ¿Ser谩 el mozo que no viene?

mi茅rcoles, 8 de octubre de 2008

We have a winner



(Por Hipot谩lamo)
Obama ser谩 presidente de los Estados Unidos. Ganar谩 los comicios con amplia ventaja, no suena a rey del mundo pero s铆 gobernar谩 el pa铆s del fast food. Mc Cain seguir谩 en una bolsa de papas fritas. Lo s茅 yo, lo sabe el mundo despu茅s de la noche de Tennessee. Acaba de terminar el debate entre el dem贸crata negro tirando a latte de Starbucks y el republicano de boxers azules y camiseta blanca. Es f谩cil imaginarlos en la intimidad luego de los comicios. El ganador azotear谩 a su chica Michelle con Tina Turner en el plasma de la Casa Blanca y el otro ser谩 azoteado por la rubia Cindy. ¿Qui茅n lo disfrutar谩 m谩s?
Una universidad de Nashville fue el escenario del combate. Ni Martin Luther King ni Don King. Obama subi贸 como el que se sabe ganador. S贸lo le falt贸 mover su mand铆bula ante el pu帽o corto del coronel retirado. Las poses los defin铆an. El joven, c贸modo en la banqueta, como si escuchara en un pub a Dylan. El viejo, en patitas de pie, algo afeminado por el tiro del pantal贸n. El negro segu铆a con su blanca sonrisa al contrincante que anotaba con su ir贸nica zurda qui茅n sabe qu茅.
Casi me duermo, s铆. Pero injusto ser铆a quitar las gracias a Telemundo, tan cort茅s con Am茅rica 24. Ahora bien, una de las cosas m谩s impactantes pas贸 en los detalles de la transmisi贸n. No, no se pegaron entre los candidatos. S铆 le falt贸 Corega a la dentadura del colombiano/mexicano/nicarag眉ense que dobl贸 al castellano la voz del moderador. Hablaba como Abraham Simpson. Mientras que a Obama le pusieron la voz de un hombre corpulento, aunque dubitativo en algunas construcciones, como cuando a Osama le dijo Obama. Ouch! Siguiendo con la tendencia, una voz d茅bil, sin futuro, fue la que le toc贸 a Mc Cain. Yo hubiera puesto al Ruso Sofovich, sobre todo cuando rengue贸 una mueca sobre Putin.
En tanto, el p煤blico nunca transmiti贸 clima de unplugged. Sin saludar, fueron directo a preguntas como c贸mo quieren que confiemos en que ustedes solucionar谩n el hit de la crisis econ贸mica (tiembla la del 30 en los charts) si ustedes nos metieron en este baile. Y Obama cada vez que se paraba parec铆a listo para el trotecito de Proud Mary. No le hac铆a falta. Lo mismo dejaba feliz a esa muchacha de 38 a帽os, alejada del matrimonio, versi贸n Saturday Night Live de Mar铆a Laura Santill谩n. Mc Cain tambi茅n mostr贸 su sex appeal. Cerquita del doble de Michael Moore, fue cuando el pelado de pantal贸n crema, camisa bord贸 y cliente top de Gillette le dijo que fue marino y se gan贸 la palmadita en el hombro y hasta la derecha firme. Sondas para Bussi, please.
Para el final, la realidad. Los aplausos los relajaron al punto de cruzarse delante de c谩maras y poner el grito en el cielo de don Abraham. Tambi茅n el p煤blico se sac贸 el traje de los estamos juzgando y se sac贸 fotos con Obama, en c谩maras de carcaza negra y amarilla. Ya corr铆a el alargue. Un partido de 90 minutos pas贸 entre ataques y contraataques. Y el winner segu铆a ah铆, esperando el flash de ese estudiante afro americano que ya tapiz贸 su laptop. La papelera de reciclaje est谩 abajo, en el lugar de siempre.

mi茅rcoles, 1 de octubre de 2008

La otra cara de la moneda


(Por Hipot谩lamo)
Fue en Corrientes y Suipacha, antes del monedero electr贸nico. Volv铆a de la panader铆a cuando ah铆 estaba, dormida, plateada como una sien. Val铆a cinco pesos, era enorme, m谩s grande que las actuales de cincuenta. Llegu茅 con la novedad y mi abuela, coleccionista de boletos capic煤as, puso la cara que imaginaba si Susana alguna vez llamaba. A pesar de los envoltorios de pan Fargo y los sobres a Oca, nunca son贸 el tel茅fono. Y esa moneda fue lo m谩s cercano a la fortuna que estuvimos.
Pas贸 el tiempo, se fueron los australes, llegaron pesos, patacones, Le Coq Sportifs. Y las monedas ah铆, firmes como soles y escudos y monumentos. Frente a la iglesia San Francisco est谩 el templo de los panchos, con tantas cazuelas como liras, shekels, pesetas, n铆quels y los primeros euros. Billetotes de otros mundos en vivo. Pero a m铆 siempre me gustaron las monedas, de las cobrizas y de las ocres. Por eso le canje茅 sin drama a mi abuela la plateada por un bono con la firma de Ram贸n Ortega. Hoy no lo har铆a. De hecho, pienso en esa se帽ora eterna que al frente de los panchos y antes que irrumpa el mimo (ya lo atropellaron, ¿verdad?) clama por una moneda que la ayude; y en los peque帽os vueltos que se quedaron los taxistas luego del acto de demora; y en el chancho de loza que trajo mam谩 de Per煤; y en mi compa帽ero de cuarto que llenaba una Coca de dos litros con las de un peso y estrenaba look en Olivos; y en el sapo de bronce, compadre retro del ping眉ino de vino.
Fue en Estados Unidos y Calvo, despu茅s del hit "P.I.M.P.". Volv铆a de tramitar el DNI cuando ah铆 estaban, dormidos, oscuros como el holl铆n. Me preguntaron si ten铆a una moneda para la birra. No tengo ni para el colectivo, sonre铆, palp谩ndome dram谩ticamente la campera. Y ellos entendieron, a pesar de la penuria. Otra suerte tienen los mozos. La propina m铆nima es un billete, cuando por una l谩grima que pronto ser谩 llanto corresponde el quince por ciento, unos noventa centavos que valen. Porque no son pocos los que juegan con el caf茅 en Palermo Hollywood (hoy vi a Julio Ch谩vez) y luego parten a pie hasta plaza Italia para subirse a la realidad. Una vez arriba, es como cuenta Cort谩zar: somos due帽os si encontramos libre un asiento doble y nos ubicamos del lado de la ventanilla. Descanso, pabell贸n. Una batalla ha quedado atr谩s. La aureola en sus axilas los delata. La frente suda como cuando rend铆a matem谩ticas, sacaba Muy Bien, y era premiado con un polvor贸n. Ahora, no hay f贸rmula para obtener monedas que pueda con los quiosqueros. Hasta los cigarrillos que son garant铆a de pulmon铆a, pero primero de vuelto en monedas, tienen una nueva norma: abone s贸lo con cambio. Otra es bajar al subte, comprar un boleto de noventa con dos pesos, guardarlo para alguien sin fobias, y volver a la luz, con monedas, brillantes, listas para perderse en el Laverrap, el patovica de este emporio que s贸lo acepta a las de uno. A las de veinticinco plateadas, depende el humor; a las de veinticinco doradas, s贸lo si est谩n en la lista.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Elodeon



(Por Hipot谩lamo)
alfredoharaoz@hotmail dice:
no, as铆 no digo nada, debo aburrir! :d

Mientras los mosaicos titilan no puedo apagar ese naranja porque mientras la puerta tiene doble candado la ventana principal, experta en debuts, yace abierta, aguardando mi entrada triunfal.

Alfredo dice:
as铆?

No, tampoco. Podr铆a darle un touch de amor ingl茅s, pero no faltar谩 el che, el ni帽o tiene sed... Y no hay naranjas, limas ni tamarindos que funcionen como un pomelo. ¡Ah, s铆! La espalda se eriza, las teclas se chocan. Ya est谩.

Poemelo dice:
Puta madre

Pomelo dice:
Rocanrol nnnnnn!!!

Tampoco, muy usado. Saborido me tirar铆a con un emo. Como el tic贸n feliz: dos puntos y par茅ntesis cerrado. O el tic贸n triste: dos puntos y par茅ntesis abierto. Esos son los m谩s f谩ciles. Ahora vienen unos rid铆culos que, interpreto, se activan al tipear palabras de una s铆laba. Ejemplo: no sobrevivi贸. Y el no es uno de los tres chiflados moviendo su 铆ndice de izquierda a derecha.

Hasta la victoria siempre dice:
aguante La Poderosa, carajo

¿Carajo? ¿Mierda? ¿Soy Mirtha Legrand? ¿Qui茅n soy? Esto que acaba de ocurrir se conoce como sub conflicto del macro conflicto que es el s铆ndrome del nick creativo. Un segundo, por favor, Vilma Ripoll acaba de conectarse.

Pasame m谩s tinto dice:
Hola, Alfredito, ¿se vino la pachanga?

Hasta la victoria siempre dice:
Jajaja, no, hoy no, anoche reventamos… (se me ocurri贸 un nick)

Vietnamitas en la espalda dice:
As铆 que me quedo en casa, aparte fin de mes…

Pasame m谩s tinto dice:
Bueno, bueno, saludos. Estos capitalistas de mie

Pasame m谩s tinto dice:
mierda…

Vilma pas贸 del verde al gris. De una lista a otra, sin escalas. Tengo 65 contactos. Nunca me tom茅 el trabajo, como s铆 lo hacen los populares, de separarlos por amigos (algunos quedan), compa帽eros de trabajo (no tengo, trabajo no tengo) o familia (mi mam谩 me sigue llamando, suspiros). Si tuviera que hacerlo ser铆a en dos categor铆as: ilegibles y legibles.
Di谩logo entre ilegibles:

.....:)))¨¨¨¨¨¨!!! ¨¨¨¨¨(((:..... dice:
adivin谩 qui茅n soy???
[c=#80080] (L) dice:
hey, qu茅 hac茅s?

Los legibles tienen otra complicaci贸n: porque a los creativos de Silicon Valley se les ocurri贸 poner, debajo del nick, otro campo minado para compartir un mensaje con nuestros contactos personales. Es la bajada del t铆tulo de nuestras vidas y puede ser una invitaci贸n sexual (estoy en casa, aburrida) o publicitaria (http://www.leebrucelee.blogspot.com/). Si a todo esto se le suma un tercero que son los parlantes y el temita que escuchamos, tambi茅n habr谩 que pensar qu茅 poner en i-tunes. Esto 煤ltimo me encanta porque la m煤sica desenmascara: si el mail es lolaramone85@hotmail.com y escucha Man谩, listo, no admitir, eliminar, tirar este contacto. Quedan 64.
Ahora, si me disculpan, me voy. (Sal铆 a comer).

domingo, 21 de septiembre de 2008

Despedida

(Por T谩lamo)
El editor poronga critica el primer post de yo (T谩lamo). Sin escr煤pulos especta: “muy S铆ndrome de domingos por la tarde”, escribe una coma (,) y aten煤a “pero est谩 muy bueno”. No le creo.
No importa. Desde las azoteas de mi propio orgullo comunico mi autonombramiento en el puesto de director de arte: 茅l me indica qu茅 y c贸mo escribir, yo, entonces, teniendo m谩s cancha para estas cosas del la inform谩tica, de aggiornar; porque soy un esteta.
Hablando de mamas.
La una era “Camila”, la otra “Ada”. La primera saludaba abrazando, la otra filosofaba; las dos de gran culo. ¿Putas? Naa, m谩s bien “relacionistas privadas” designaci贸n que Rodolfo Rabanal cree “perfecta para encapsular una profesi贸n a la que ninguno de sus sin贸nimos corrientes garantiza un adecuado disimulo social”.
Ocho hombres en la mitad de su vida. “Vengan coman asado, el chorizo lo comen despu茅s” y las risotadas propias de una convenci贸n de empleados carniceros.
Claro, hubo buena plata, ya le hab铆an pagado, se la puede humillar verbalmente tambi茅n. “Ya viene la morcilla”. "Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaa". Si, descubrieron la p贸lvora.
Acaso, contratar los servicios de chicas que cobran por sexo, tambi茅n sirva para hacer todo lo que f铆sica o inmaterialmente no se puede hacer con una no residente ni uriunda de Babilonia.
Ni en la mesa de los Campanelli ni en la de los Benvenuto hab铆a tanto ambiente familiar. “Pas谩me el pan”, “si, como no”. Tut煤.
Portaligas la una, culotte de encajes la otra. Emulaba la prima ser Gwen Stefani: se sab铆a la letra del tema que bailaba.
La otra se fum贸 la obra cumbre del director Andrew Bergman y aspir贸 el polvo de estrellas que su protagonista Demi Moore, de dej贸 en una l铆nea armada en la pantalla del (seguramente) 17 pulgadas Philco y sin control remoto. Si, hizo la coreo m谩s famosa de la peli, pero con agregados autodidactas. Camisa, corbata, sombrero y botas. Hasta hizo una pirueta que de tan buena me olvid茅 c贸mo empezaba y me qued茅 con el solo resultado: sus rodillas en los hombros del agasajado y su cona en a la altura de la boca del mencionado.
“E, e, e, e, e, e”, gritaban los darwinistas, todos ellos con un vaso en la siniestra y la diestra en el bolsillo, procur谩ndose el oprobio. Claro, con pantal贸n pinzado es m谩s f谩cil, viejos verdes.
Fin de show, aplauso para el convocador.
“¿Nos llev谩s? Tenemos otro servicio…” S铆, claro.
En el auto: “Che, Cami, creo que me vino otra vez. Tengo que arreglarme el D.I.U. Mi ginec贸logo me dijo que se mueve y se cambia de lugar porque yo ‘lo uso mucho’”.
Sal煤.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Ctrl. X

(Por Hipot谩lamo)
Acaba de pasarme algo dif铆cil de digerir. Y a decir verdad un poco golpe贸 mi est贸mago. ¿O habr谩 sido la cena? No, fue eso, el seleccionar lo que estaba escrito ac谩, debajo de estas palabras que ahora pintan el blanco, agarrarlas l铆nea por l铆nea, y borrarlas. Nunca m谩s volver谩n a ser escritas. Nunca en el orden que lo fueron y con el sentido que fueron escritas. Nunca jam谩s, Michael Jackson. Nunca jam谩s, oh, Peter Crouch. Y el Ctrl X es una decisi贸n, se帽ores. Dimensionar que lo que yac铆a en este pueblo era una mierda, que lo podr铆a haber dibujado el amiguito de Word, ese que se hace caja, piensa, gui帽a… Y como sinceros somos, porque un s谩bado a la madrugada s贸lo se es sincero o no se es, estas palabras quiz谩s sean peores que las anteriores, pero son nuevas, mire, se帽ora, lo 煤ltimo del mercado, reci茅n llegado de f谩brica. En eso esper贸 que pase el colega de los crucigramas, uy, dejame ver la espalda, se agach贸 con dudas, pero mir谩 c贸mo ten铆as, todo manchado de blanco, anduviste durmiendo en la plaza… Y se miraron. Un crucigrama vol贸, las palabras se confundieron, c贸mo le va a tocar la pieza. Si lo 煤nico que disfruta Alfonso es sacudir su colch贸n mordido y taparse mientras las lenguas se gritan desde los taxis, otros orinan r铆os hasta la vereda, y los condenados, felices, bajan sus fobias y se confunden contra el cartel de la obra en construcci贸n. Fue lo m谩s cercano a un proyecto que estuvieron. D贸nde estar谩 el boldo.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Hola, soy amigo de



(Por Hipot谩lamo)
¡C谩llate, c谩llate, que las desesperas! No es que no te tengan paciencia. No te soportan, est煤pido. Es tupido tu pelo, tu camisa flota, tu celular pende, tus migas se escurren, tu etiqueta se despega, tu zapato se despunta, tus p贸mulos se corroen, tus muelas se roen, tus orejas se nublan, tu nariz se deforma, tu forma, puaj. No las dejaste hablar. Te cre铆ste el rey de la preparatoria, pero tus amigos no entraron. Jalaste la solapa del hombre ef茅bico, activaste el emotic贸n, simulaste a帽os, pasaste. Adentro, hola, hola, c贸mo va, dale, dale, subo, subo, hola, ¡hey! ¿Hey? ¿Ho? Jojojo. Alzabas la mano como te ense帽贸 el pen, mientras le铆as El p茅ndulo. S铆, nena, leo a Foucault. Est煤pidos nosotros, pens谩bamos en Eco, Eco, Eco. Tus palabras armaron un flipper. Y flotabas entre pitadas, como una mascota perlada, con el poco aire que te qued贸 del after, despu茅s de la aspiradora. Husmeabas como un perro, ol铆as las carteras, te prend铆as a los pantalones, ladrabas mal, ronroneabas mejor, infiel, eras un gato, acostumbrado a las cornisas. Ya vas a caer.
¡Pero si yo no hice nada! Cre铆as que no. Hasta que vine yo. Y te vi. Tus ademanes irritan. ¿Fuiste feliz alguna vez? Hoy, cuando te levantaste, en serio, ¿hola, hola?, ¿dale, dale? No te creo. Palpaste tus bolsillos, uf, quedaba una moneda, le soplaste tu aliento, se puso ocre y la m谩quina del 贸mnibus la escupi贸. Pero si 贸mnibus significa para todos, pensaste. M铆ralo a 茅l, m铆ralo a 茅l, estudi贸 lat铆n una semana y se cree v谩stago-us-a-um. Si supieran que al ayudante de c谩tedra le gustaron los ayudantes de c谩tedra y los alumnos de pelo tupido, hasta que lo conoci贸, le susurr贸 respuestas: a, c, a, b, a, a, c, a. Le dio las gracias sin captar el mensaje/propuesta/suplicio. Volvi贸 al pupitre para zurdos, gir贸 el torso, pss, pss, dale, dale, las respuestas. Entumecido, lleg贸 el ayudante, ¿se les ofrece algo? ¡D贸mina, d贸mina-ae! Estos chicos, ay, qu茅 lindos son, no debo decirlo, estos chicos est谩n plagi谩ndose, ay, qu茅 lindos son, si vinieran a mi casa una noche, pero en qu茅 se vuelven, s铆, tengo que esperar que ella se jubile, y subo, subo, hola, ¡hey!

mi茅rcoles, 17 de septiembre de 2008

Last train to Banfield

(Por Hipot谩lamo)
Cort谩zar ide贸 Rayuela cuando viaj贸 de noche a Banfield. Apag贸 el cigarro en Constituci贸n, le dej贸 ocho monedas de 10 centavos al vendedor encarcelado y lo empujaron hasta el Roca. Se top贸 con un muchacho de melena tupida llamado Joey Ramone. Sus codos y rodillas se enroscaron sin reproches. Viajaron apretados por el resto de los pasajeros. El escritor trataba de leer el diario gratuito. Empez贸 por la tapa, gambete贸 la secci贸n Policiales y termin贸 en los obituarios. Luego lo hizo al rev茅s. Un best seller te voy a dar, pens贸. El m煤sico quitaba la cera de sus auriculares mientras pensaba en la boda de un compa帽ero de trabajo. Punk rocker te voy a dar, gimi贸.
El tren se detuvo en la segunda estaci贸n: Avellaneda. La puerta buf贸. Se abri贸: la puta madre. Se cerr贸. La puerta buf贸. Se abri贸: la reputa madre. El humo de la ropa uni贸 a trabajadores y a fumadores. F谩brica y burdel, pegados, porque bailar pegados es bailar. Rumbo a Gerli, las luces empezaron a jugar como si fueran de ne贸n. Una hilera de luz, otra de sombra. Las ventanillas estaban selladas y las bocas de aire apenas rozaban las barbas. Los vagones eran castillos de naipes. Y el resto descans贸 en el pr贸jimo. Si se ca铆a uno, todos.
Lan煤s fue movimiento. Los carriles marcaron el ritmo de samba. Las manijas de seguridad bailaban de ac谩 para all谩, de ac谩 para all谩. Una estudiante min煤scula quiso subrayar su libro de Balzac y de atrac贸n pint贸 su mano izquierda. As铆 les va a los ide贸logos del nick, pens贸 Cort谩zar. Ramone, en otra, giraba la rueda del I-pod hasta que el meneo lo cans贸. Se despeg贸 con aceite verde, busc贸 sin 茅xito al doctor Benway y empez贸 a tocar. ¡Foul!, grit贸 un ambulante cuando las fans de Expedito y sus esposos de similar afici贸n se llevaron puestos a la mu帽eca inflable dos por uno. Atrofiados los huesos, Cort谩zar y Ramone se adormecieron en Remedios de Escalada. El tren hab铆a perdido el encanto. Pod铆an sentarse. Ten铆an cinco asientos, por as铆 decirlo, libres. Pero una familia de mulatos subi贸 para apoder谩rselos. Entre ellos, en una pierna y dos muletas lo hizo Doro, el diarero de Rodr铆guez Pe帽a y San Mart铆n. Al bajar en la estaci贸n final, entre diario, diario, salt贸 como si las calles fueran de adoquines, surcadas por tizas, n煤meros y un cielo ya con Cort谩zar y Ramone. Si bien desconoc铆a el ingl茅s, tarare贸: “I wanna be sedated”.

Entre dos amores

(Por T谩lamo).
Se cumpl铆an dos a帽os de tortolidad, de aguante mutuo; de ponerle la mesa a la suegrita.
Hab铆a que hacer un regalito, y destilando sensaciones de publicidad de chocolate, el Romeo se escribi贸 veinticuatro poemas, en representaci贸n de los veinticuatro meses de eso que dicen “novio”.
Llev贸 a la no vidente a contemplar la salida de la luna; compraron sirah cabernet, fazzolettini a los cuatro quesos y paella unos sorrentinos de calabaza tambi茅n con todos los quesos suizos y tafice帽os.
M谩s tarde el pa铆s estaba en v铆as de superpoblarse: todo telo ocupado en martes a la noche. Siempre uno le esquiva el bulto al mueble m谩s caro, pero afrodita ped铆a y ped铆a.
Que el jacuzzi, que un comando de luces, que reposeras en un patio, y aunque el plasma estaba apagado, Venus transmiti贸 en vivo.
Esa ma帽ana, al Hipot谩lamo se le ocurri贸 este blog en cooperativa con el suscripto. Refugi谩ndose en su ineptitud inform谩tica, dirig铆a por tel茅fono, mientras, adem谩s, utilizaba la ventana de mensajes como recurso contempor谩neo de un Corleone. Se puso en editor, "poronga", que le dicen. Encarg贸 post con cierre de redacci贸n a horas de la noche.
Ya durante la ma帽ana vino la sanci贸n. “Hola”, dijo el que de verdad labura, “no escribiste nada” areng贸 el explotador. “Tuve que cumplir con mis deberes de amante”, se excus贸 el trabajador; “no escribiste nada”, volvi贸 a reprochar. “Escrib铆 sobre eso: sobre tu infidelidad a las letras por tu fidelidad a las mujeres”, orden贸 con expreso.
¿Ves? por m谩s que uno evite los embates de la concupiscencia, el adulterio se filtra por cualquier ca帽er铆a.

martes, 16 de septiembre de 2008

The Times They Are-A Changing


(Por Hipot谩lamo)
Times New Roman nunca me gust贸. Me recuerda al New York Times, donde alguna vez pens茅 escribir. Recib铆 una carta. Requer铆an mis servicios. Dije yes. A continuaci贸n deb铆 ir a un banco a retirar la Visa. Sal铆 exultante, l谩nguido de bolsas tan caras como su contenido. Fund铆 posnets y suger铆 una nueva secci贸n en el shopping, con chicos como los de los supermercados, pero vestidos de chup铆n, botas, chupet铆n, bata, dispuestos a caminar hasta el taxi sobre Coronel D铆az. Al d铆a siguiente, satisfecho mi esp铆ritu consumidor, rodeado de telas y p谩ginas, de discos y perfumes, sangraba por los alfileres del cuarto cart贸n KSK. Fue cuando son贸 el tel茅fono, invit谩ndome a cancelar las facturas impagas de diciembre. Hab铆a llamado a mis amigos por las Fiestas. Nunca me contestaron, pero si atiende el contestador, las monedas construyen castillos en Espa帽a. Volvi贸 a sonar. Atend铆 sin hablar, esper茅 que lo hicieran del otro lado. ¿Un prestamista ingl茅s? No, claro, eran del New York Times. Preguntaron sobre mis tr谩mites y una sobrina que vieron en mi face book. Contest茅 que hab铆a retirado mi Visa, dorada, ya ocre, y que Bianca s贸lo ten铆a 13. “Visa, not the credit card, vi-ai-es-ei: Visa”, me aclararon, a risas, antes de cortar. Cuando volv铆 al banco ya era tarde. Se arrepintieron. Nunca fui a New York. Hasta dej茅 de ver a Woody Allen y le ped铆 a mam谩 que basta de Liza Minelli. Argument贸 que su sketck era kitsch: o sea, redituable. Parece que los extranjeros amaban su show en San Telmo. Cambi茅 mi parecer. Necesitaba el dinero para los pagos m铆nimos de la Vi… de la tarjeta de cr茅dito. Despu茅s de todo estoy desempleado. ¿Ves? Te detesto, Times New Roman.