sábado, 19 de septiembre de 2026

La buena letra

por Daniel Link para Perfil

Cuando Gregorio Samsa despertó, se encontró acostado en una cama de Pilates convertido en un gigantesco insecto que movía las patas sin ton ni son. A su alrededor, tres mujeres en la mediana edad (que cada tanto recordaban sus juventudes de fiestas electrónicas), un veinteañero blanco como la nieve y la instructora evitaban mirarlo para que el desagradable espectáculo no les arruinara el día.

Gregorio se dedicaba, desde hacía semanas y años, a atender las indicaciones de sus médicos (es decir, de la sociedad entera, que había delegado en la medicina y sus maquinitas el poder de decir la verdad sobre toda vida). Tomaba sus pastillas contra la presión alta y contra el colesterol elevado, había modificado su dieta (desayunaba sólo mate, para evitar fumar, y medio yoghurt natural mezclado con arándanos) y hacía gimnasia.

Hacia las 11 comía un huevo duro y almorzaba ligero, lo que en los periódicos se llama “comer sano”. Por la noche se contentaba con un sandwich de pan integral, tomate y jamón (o lomo de cerdo).

Un día, la instructora de pilates declaró que el joven blanquísimo y de piernas lampiñas era su mejor alumno. Gregorio imaginó que al comienzo de la clase siguiente (en ese momento el joven no estaba presente) iba a derramar sobre su cuerpo perfecto y sus líneas puras la cantidad de ácido necesaria para convertirlo en una baba humeante. Había descubierto la semilla de su propio desierto. Su punto de no retorno.

Gregorio comprendió que hacer buena letra (aceptar los mandatos sociales) puede soportarse por un tiempo limitado. La olla sigue borboteando por dentro, y lo que antes se vivía con ironía se convierte en un odio cada vez más reconcentrado y sin salida. Entendió cómo se forman los asesinos de masas, y encontró el punto exacto a partir del cual él mismo comenzaría a acopiar armas para eliminar a la mayor cantidad de personas posibles (partidarios de la comida sana, cultores de yoga y de pilates, médicos y laboratoristas, veinteañeros de posición acomodada y piernas impecables, mujeres casadas con melancolía por sus años mozos), gente de bien, en general. Esta vez, la cucaracha iba a llevarse consigo unas cuantas víctimas.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Del ritornello (parte 2)

 por Daniel Link para Perfil

Ya está, ¿qué más quieren? ¿Van a seguir esgrimiendo especificidades históricas? La AfD de Sachsen-Anhalt ganó las elecciones. Ahí tienen a la ultraderecha alemana a punto de hacerse con el poder. Por supuesto, entre las primeras medidas (si es que llega a formar gobierno, lo que es altamente probable) se cuentan: prohibir la exhibición de banderas arcoiris (LGBTQ+) cerca de los edificios escolares locales, desfinanciar los estudios poscoloniales y de género y prohibir a los funcionarios y al personal escolar el uso de lenguaje neutro en cuanto al género (¡pero el alemán tiene género neutro!). En cambio, será obligatorio el izamiento de la bandera alemana y cantar el himno nacional, se ampliará la enseñanza de ruso en las escuelas públicas y se obliga a educar a los niños "con espíritu de amor a la patria y al pueblo alemán" (sea esto lo que fuere). Así dicho todo es medio cachivache, y lo es deliberadamente, para escamotear los rasgos de neofascismo (¿haremos un escándalo por el izamiento de la bandera y por cantar el himno o “Aurora”? No es lo que hemos hecho siempre?).

Pero detengámonos en dos obsesiones de la AfD. La primera la comparte con toda la derecha europea: el migrante como enemigo (su plataforma propone evaluar las solicitudes de asilo en comités centralizados) y el Mediterráneo como fosa común. La otra es más trivial, pero significativa: odian a la Bauhaus (1919-1933), a la que consideran „Ein Irrweg der Moderne“ (“Un extravío de la modernidad”). El nazismo pensó lo mismo y obligó al cierre de la escuela (uno de los movimientos más importantes del Siglo XX) en 1933.

Ese año maldito designa también un libro notable (que el Papa Francisco solía recomendar a todo el mundo), Síndrome 1933 de Siegmund Ginzberg. Allí el historiador descarta identificaciones mecánicas del tipo Trump es Musolini, Milei es Hitler, pero pone el acento en procesos que son estructuralmente homólogos y que, por lo tanto, deberían hacernos temer por su final. Por ejemplo, lo de la Bauhaus, o la Ley contra la crueldad hacia los animales, promulgada en abril de 1933 (Hitler había sido nombrado canciller a finales de enero), apenas después del decreto que disponía la expulsión inmediata del Reich a los inmigrantes clandestinos (casi todos judíos). Fue una ley pionera, y la más avanzada del mundo. Mutatis mutandis, Milei promulgó la propia.

Lo que Ginzberg subraya es el debilitamiento, por un lado, de un sistema de valores (que permite anteponer la vida animal a la vida humana) y, por el otro, de las instituciones de la política, que en un ambiente de desquicio total, avala la aparición de comportamientos neofascistas y de fantasías de gobierno y de movilización total (¡la casta, la casta!).

El año pasado publiqué aquí mismo una columna en relación con el centenario de Mi lucha y sus advertencias. Un año después, el Sr. Milei dice que hay “terroristas disfrazados de estudiantes y profesores".

Esto no es todavía el 33, pero si no nos ponemos serios, ya vamos a llegar.

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Nihilismo y paranoia

por Daniel Link para Perfil

Tiene razón mi amigo Giorgio en su columna última. Agamben historiza la noción de nihilismo en tres momentos del Siglo XIX: Stirner, Dostoievsky y Nietzsche. El nihilista es quien «ha fundado su causa en la nada», es decir, un ser en quien la disolución de toda fe y de todos los valores ha alcanzado su forma extrema.

Por supuesto, para Dostoievsky y Nietzsche esa figura es al mismo tiempo una amenaza y una promesa (de transformación, de huida de un suicidio masivo y colectivo). Eso, claro está, podía pensarse en el siglo XIX y en el círculo de las personas más avisadas y con mayor penetración perceptiva. Incluso en el siglo XX el nihilismo encontró en algunos teóricos (atentos a las ideas de las vanguardias históricas) posibilidades revolucionarias (como creía Benjamin, para quien el nihilismo puede convertirse en el fundamento de una nueva política).

Pero luego, como los grandes relatos de emancipación colectiva, los grandes movimientos de protesta y las utopías dichosas, todo eso se disolvió en el nihilismo plano e indiferente con el que lidiamos. Es esta nada cotidiana y normal la que debemos enfrentar.

Sabemos que sólo un loco como el presidente Schreber podría decir lo que escuchamos la semana pasada (en un contexto escolar, en un barrio rodeado por francotiradores desde todas las ventanas y terrazas a su alrededor, en aulas donde las alumnas habían sido amenazadas con la falta de garantía de sus vacantes futuras en la institución si incurrían en “falta de respeto”, en un censo de alumnas mermado por decisión de padres que no querían someter a su prole a presiones semejantes), sólo un loco puede decir algo como “El capitalismo es el orden que Dios pensó”. Alrededor de ese exceso de creencia (y de ignorancia histórica, desde ya) se reúnen los cínicos y los nihilistas, que saben que ese enunciado no sólo es insostenible sino además peligroso pero que deciden abrazar la causa de la nada.

Si, nos dice Agamben,  como sugirió el propio Nietzsche, el nihilismo, plenamente comprendido y entendido como tal, representa la gran oportunidad de la humanidad para escapar de su destino letal debemos preguntarnos: “¿Qué nos impidió fundamentar nuestra causa en la nada y, en lugar de convertirla en nuestra condición habitual, encontrar en ella una salida al destino de Occidente?".

Los que se aprestan a votar a Milei son nihilistas: tienen nada de esperanza o de alegría, nada de solidaridad o de memoria, nada de fe y ningún deseo trascendental. Viven con resignación en la película de Dick Tracy que los tiene de extras.

martes, 1 de septiembre de 2026

Danos hoy nuestra nada cotidiana.

por Giorgio Agamben para Quodlibet

En un libro publicado en Leipzig en octubre de 1844 por Wigand, aparece un tipo de hombre hasta entonces desconocido, uno que parecía inadmisible e inaudito para sus contemporáneos, pero que desde entonces nos resulta perfectamente familiar: el hombre que, como leemos en las primeras y últimas páginas, «ha fundado su causa en la nada», es decir, un ser en quien la disolución de toda fe y de todos los valores ha alcanzado su forma extrema. Sin duda, es el primer e insuperable nihilista, pero cabe señalar que el nihilismo en cuestión se ha convertido hoy en la condición normal de la humanidad. El libro se titula El yo y sus propiedades, del autor Max Stirner.

Dieciocho años después, en la revista «El Mensajero Ruso», Turguénev publicó la novela en la que el tipo nihilista (aquí aparece la palabra), encarnado por el protagonista Bazarov, se define así: «Un nihilista es un hombre que no se somete a ninguna autoridad, que no tiene fe en ningún principio, por muy respetuoso que sea». En Los demonios, publicada en 1873, Dostoievski decide abordar el problema trascendental del nihilismo, en particular a través de la figura de Kirilov. De la negación nihilista de la existencia de Dios, Kirilov extrae una consecuencia radical que absolutiza y subvierte su propio yo. «Si no hay Dios», afirma, «yo soy Dios. [...] Si hay Dios, toda voluntad le pertenece, y no puedo escapar de su voluntad. Si no existe, toda voluntad me pertenece, y me veo obligado a ejercer mi libre albedrío... Me veo obligado a suicidarme porque la máxima expresión de mi libre albedrío es quitarme la vida... Para mí, no hay idea más elevada que la de que Dios no existe... El hombre no ha hecho más que inventar a Dios para vivir sin suicidarse, y este es el sentido de toda la historia del mundo hasta ahora. Yo, solo en la historia universal, por primera vez, no he querido inventar a Dios». Al meditar sobre estas páginas, Nietzsche considera la muerte de Dios como el acontecimiento fundamental de la modernidad: «El mayor acontecimiento reciente —que "Dios ha muerto", que la fe en el Dios cristiano se ha vuelto inaceptable— ya empieza a proyectar sus primeras sombras sobre Europa. [...] Pero, en esencia, puede decirse que el acontecimiento en sí es demasiado grande, demasiado lejano, demasiado ajeno a la capacidad de comprensión de la mayoría de la gente como para que siquiera la mera noticia pueda considerarse ya una realidad».

Tanto para Nietzsche como para Dostoievski, la muerte de Dios y el advenimiento del nihilismo significaban algo tan terrible que los seres humanos jamás podrían aceptarlo sin cuestionar su propia existencia. Por una vez, Nietzsche y Dostoievski no fueron buenos profetas. El nihilismo se ha convertido en la condición normal de la humanidad, pero, a diferencia de Kirilov, el hombre común de hoy parece vivir con la muerte de Dios y el nihilismo sin sufrir ni preocuparse, literalmente como si nada estuviera sucediendo. Es con este nihilismo plano e indiferente con el que lidiamos. Es esta nada cotidiana y normal la que debemos explicar. Y si, como sugirió el propio Nietzsche, el nihilismo, plenamente comprendido y entendido como tal, representa la gran oportunidad de la humanidad para escapar de su destino letal —si, como creía Benjamin, el nihilismo puede convertirse en el método de una nueva política—, entonces la pregunta que debemos hacernos es: "¿Por qué se perdió esta oportunidad? ¿Qué nos impidió fundamentar nuestra causa en la nada y, en lugar de convertirla en nuestra condición habitual, encontrar en ella una salida al destino de Occidente?".

27 de agosto de 2026