Hay quien dice que los poetas no crean, sino que la poes铆a en s铆 misma elige quien la cante. Supongamos los ingredientes de esos elegidos: no s贸lo sensitivos, sino conscientes de ello; no s贸lo dotados de ojos nuevos, sino capaces de no desaprovecharlos y constantes a la hora de limpiar las impurezas que ponen en peligro esa cualidad; no s贸lo sumisos de la palabra, sino merecedora de sus efectos; no s贸lo responsables de la misi贸n respecto a la que han sido encomendados, sino consecuentes hasta el extremo de hacer de ello una forma de vida.
Puestos a aventurar, visualicemos un c贸mo, enfoquemos un plano m谩s corto. Un hombre que pisa tierra —porque es ah铆 donde debe vivir, si no quiere perderse los placeres que se vuelven inalcanzables cuando se deambula demasiado rato en las nubes—, un hombre que pone a disposici贸n todo su cuerpo, cada cent铆metro, para recibir. Visualicemos que esto es as铆 porque es l贸gico que no se omita ninguno de los sentidos, y menos el que m谩s espacio del organismo precisa. Visualicemos que este hombre que pisa tierra, y que presta todo su ser, sincroniza su piel a su intelecto y a煤na as铆 una bifurcaci贸n que a la poes铆a en s铆 misma le es vetada; por ello existe el poeta...
Un qui茅n y un c贸mo m谩s tarde... conjeturemos un porqu茅, un para qu茅 quiz谩s... (el cu谩ndo y el d贸nde, al fin y al cabo, no pasan del estatus del mero voyeurismo). Dicen que los poetas m谩s interesantes son los que escriben para s铆 mismos, porque s贸lo as铆 es posible escribir para los dem谩s; un hombre hablando consigo mismo es un hombre hablando al Hombre. Y hablar al Hombre es v茅rselas con la eternidad. De ah铆 que con los alambiques de estas p谩ginas se destile la esencia del que desde un ahora describe un siempre.
He aqu铆 su fragilidad; he aqu铆 su fortaleza: el empe帽o por atrapar la perpetuidad sin principio, la sucesi贸n sin fin, sit煤a al hombre a las puertas del meollo ancestral, en la encrucijada que, desmara帽ada, regala el conocimiento de s铆 mismo —el conocimiento del Hombre con hache may煤scula—, a pesar de su ef铆mera existencia.
¿Extra帽a entonces que los vestigios de este alambique sean los de un hombre en un instante perpetuo, de un hombre subido a un tiovivo perenne, de un ex贸tico, n谩ufrago y expatriado? ¿Resulta raro que se le intuya en un avance constante y perturbador, pues el que ese camino tenga o no un fin es casi lo de menos? ¿Sorprende que en la busca de s铆 mismo llegue, m谩s que a conclusiones, a la formulaci贸n de pregunta tras pregunta, eslab贸n tras eslab贸n, y que este hecho sea m谩s interesante que sentarse c贸modamente sobre verdades peregrinas? —el ant贸nimo de la palabra «verdad» es su propio plural. ¿Se comprende pues que Fran Pic贸n no ceje en denominarse «aprendiz de poeta»? No es falsa modestia ni falta de aptitud. Al contrario, es un hombre coherente que no quiere que esto —la poes铆a, la vida—acabe nunca.
Bienvenidos a esta senda en la que s贸lo se pueden dar pasos hacia adelante.
Mayte Guerrero