18 mayo 2009

Refugio

Ayer el mundo se qued贸 sin unas pocas letras. Se nos fue uno de los grandes, de los mejores. Se nos fue Mario Benedetti. Las letras se quedaron sin ritmo ni estructura, vol贸 la inspiraci贸n. Nos ha quedado el duelo, y todos sus versos y palabras, que rescatamos para nombrarle y honrarle.
Humildemente, mucho de lo que soy y quiero ser me lo dieron sus libros. Hoy me llega su voz con estas letras:

C贸mo voy a creer/dijo el fulano
que el mundo se qued贸 sin utop铆as
C贸mo voy a creer
que la esperanza es un olvido
o que el placer una tristeza
C贸mo voy a creer/dijo el fulano
que el universo es una ruina
aunque lo sea
o que la muerte es el silencio
aunque lo sea
(...)
C贸mo voy a creer/dijo el fulano
que la utop铆a ya no existe
si vos/mengana dulce
osada/eterna
si vos/sos mi utop铆a
UTOP脥A

Mi admirado Miguel, cuyo blog Mis fotos de Madrid es punto de encuentro y referencia para las buenas historias y estupendas im谩genes, tiene un espacio para publicar relatos de sus lectores sobre Madrid. Hoy ha publicado uno que escrib铆 inspirada en un sue帽o que tuvo mi madre hace mucho tiempo, y que result贸 ser tan real como estremecedor. Lo ha mejorado con unas fotos magn铆ficas que ha hecho 茅l mismo de un rinc贸n de Madrid, recuperado hace poco, y que merece la pena visitar, si ten茅is ocasi贸n: el metro de Chamber铆. Tampoco dej茅is de visitar el blog de Miguel, si quer茅is conocer algo mejor Madrid, su Historia, sus ritmos, vecinos, rincones y sue帽os de los que la habitamos.

Hoy los sue帽os me hablan de un mundo que ha perdido a uno de sus mejores contadores, un hombre grande de bigote perpetuo que nos advirti贸 un d铆a que no nos crey茅ramos lo que nos dijeran del mundo, porque en realidad, el mundo es incontable. Y en todo caso, provincia de ti.

Gracias, Mario. Gracias, Miguel.

Las sirenas la sorprendieron acostando al peque帽o. Chete se encogi贸 como animal herido y se abalanz贸 sobre su madre. Volv铆an las bombas. Los aullidos alertando de la llegada de la aviaci贸n enemiga azuzaron su maltrecho coraz贸n. El peque帽o ronrone贸 inc贸modo, le asustaba el sonido estridente de las alarmas.
-¡Venga, mam谩, tenemos que irnos! ¡Venga, v谩monos al metro!
La voz de Chete la impuls贸 como un resorte. Arrop贸 al beb茅 con la mantilla de lana m谩s fuerte que encontr贸, y guard贸 unos trozos de pan duro en un peque帽o atado. Las sirenas ahogaban su desagradable ulular ante el r谩pido avance de los aviones. Sus motores rasgaban el aire empa帽谩ndolo de sones de guerra, desolaci贸n y muerte.

La calle desbordaba confusi贸n. La gente corr铆a por Eloy Gonzalo hacia el metro de Iglesia en busca de refugio desesperado. Mujeres, hombres, ni帽os y ancianos atropell谩ndose por alcanzar un lugar seguro. A la altura de Juan de Austria, Chete se le escap贸 de la mano y vio aterrada c贸mo la multitud se lo tragaba en un tornado de p谩nico, ruinas y edificios derru铆dos, paredes agujereadas forradas de sacos de tierra que formaban barricadas improvisadas, por las que se filtraba toda la angustia y desgarro que la muerte puede arrastrar.


Comenz贸 a gritarle, a llamarle desesperadamente por su nombre, ese nombre que hab铆a inventado para su hijo en las noches sin sue帽os que el hambre les entregaba. Mientras el fr铆o ara帽aba, hab铆a inventado un lenguaje para acunar a sus hijos y abrigarles en noches de espesa desesperanza. Su voz se perdi贸 con el estallido de las primeras bombas. La onda expansiva de una de ellas la arroj贸 al suelo, pero logr贸 caer sobre su hombro y proteger del impacto al beb茅 que bramaba entre sus brazos. Polvo, cascotes, piedras y metralla la rodearon con furia y estremecedor alarido, pero ella se hab铆a quedado sorda.


Se incorpor贸 como pudo, y apretando firmemente al beb茅 contra su pecho, se adentr贸 por la calle donde hab铆a perdido a su hijo mayor. Una niebla espesa de metralla y ceniza la cegaba por completo, y a tientas baj贸 por una acera donde ya se apilaban los primeros cad谩veres. La bomba hab铆a ca铆do muy cerca, en la plaza de Olavide.

De un portal salieron varias caras sucias, donde la infancia hab铆a borrado su rastro y s贸lo quedaba espacio para la angustia y el temor al ma帽ana. Una de ellas se colg贸 de su brazo. -¡Mam谩! El grito de Chete no le lleg贸 a los o铆dos, se le encaj贸 en las entra帽as y le pellizc贸 la esperanza. Pero no hab铆a tiempo para alegr铆as, la celebraci贸n del reencuentro pod铆a esperar. La peque帽a familia se agarr贸 fuertemente de la mano y se lanz贸 calle abajo hasta el metro de Chamber铆, mientras las bombas segu铆an rugiendo en el Infierno.


En el metro se api帽aban familias enteras, fragmentadas, la mayor铆a sin fuerzas, todas de duelo. Bajaron al and茅n esquivando cuerpos y el silencio m谩s profundo que describirse pueda: un silencio denso, oscuro, sonoro y compacto. Los azulejos de las paredes del and茅n refulg铆an en un estallido de brillo y colores. Ocupando toda la extensi贸n de las paredes en peque帽os mosaicos, los azulejos hablaban de productos de belleza, salud y futuro. Eran rostros hermosos, bien nutridos, como parodias de un mundo que ya no pod铆a recordarse. Hab铆a quedado arrasado por las bombas y el odio.



La visi贸n de la belleza que mostraba la publicidad de las paredes la sobrecogi贸, y tomando sitio en una esquina con sus ni帽os, dej贸 que las l谩grimas desbordaran sus flacas mejillas. Las paredes desprend铆an la irrealidad, la seguridad de un mundo de confianza, de promesa, de noches de sue帽os y ma帽anas sin hambre.

El beb茅 parec铆a descansar en su regazo, y Chete se hab铆a acurrucado a su lado con el dedo pulgar en la boca. Lo meci贸 con suavidad, y comenz贸 a hablarle en su lenguaje inventado hasta que el ni帽o se qued贸 dormido. S贸lo entonces apoy贸 la cabeza en un saco, y dej贸 pasear la vista por cada uno de los azulejos que cubr铆an las paredes del and茅n. Los colores y la belleza de sus im谩genes se le colaron entre los p谩rpados como un b谩lsamo, justo antes de quedar profundamente dormida, mientras fuera los aviones se alejaban como cuervos hambrientos.


Fotos de Miguel 脕ngel Molina

04 febrero 2009

Nana para espantar malos sue帽os

El aire se paraliz贸 antes de llegar a los pulmones, y la fuerza qued贸 en suspenso tambi茅n. Fueron s贸lo unos segundos, antes de quebrarse sobre sus hombros, derrotados, perdidos.

La ni帽a la miraba clavando p谩rpados desorientados, donde se adivinaba la locura. Un hormigueo de derrota comenz贸 a subir por sus piernas, y tuvo que sentarse para no perder el equilibrio ante los ojos perdidos de su hija.
La maestra les miraba alternati- vamente, sin atinar a proseguir su relato. Sobre la mesa, el 煤ltimo dibujo de la peque帽a. Un incendio rojo desbordado entre las garras de la bestia, las pinceladas de una mente infantil desgarrada, de un cuerpo de beb茅 arrasado.

Los sollozos estremec铆an los hombros de la madre, mecidos por el silencio de las l谩grimas siempre agotadas, temerosas de aturdir al monstruo, de alertar sus instintos animales. Las gafas resbalaron por la nariz, ancl谩ndose en la punta como flor temblorosa al borde del precipicio. Los ojos ya no se ocultaban, y el estallido de colores en los p谩rpados hinchados dibujaban minutos, segundos tal vez, de ira y violencia, y horas, a帽os tal vez, de ahogo y desesperaci贸n.

Las piernas le temblaban, el cuerpo se agitaba, y la boca seca ard铆a la garganta como arena de desierto. No. No. No. No pod铆a ser cierto. C贸mo no me he dado cuenta, por qu茅 no he hecho nada. La ni帽a, no. La culpa ara帽ando el est贸mago con un rastro de bilis. No sab铆a nada. Estaba tan sumida en sobrevivir a su propia tortura, en ocultarla a los ojos de los dem谩s, en anularse como ser humano y hundirse en los abismos, que ceg贸 ojos y ensordeci贸 o铆dos. La espalda emiti贸 un aullido con el peso de la revelaci贸n, que s贸lo aflojar铆a la presi贸n cuando la ni帽a creciera firme y fuerte, tiempo despu茅s, pero que nunca se desprender铆a del todo. Suspir贸. A la ni帽a, NO.

La peque帽a se encogi贸 en su silla. Miraba a la madre fijamente, con un asomo de berrinche en la boca. Ten铆a sus l谩pices agarrados fuertemente, como un arma defensiva, su m谩s preciado tesoro, la fuente de sus desahogos, la puerta por la que sacud铆a los fantasmas que por la noche manchaban de negro sus paisajes de colores infantiles. La observ贸. Sombras en los ojos reci茅n descubiertas delataban el miedo, lo reconoci贸, se parec铆a bastante al suyo propio, c贸mo no vio antes el dibujo hostil en sus labios, la sonrisa anulada que ella hab铆a perdido tambi茅n.

Los brazos de la madre se extendieron para acunar a su hija. La ni帽a se cubri贸 con el cuerpo de su madre, y se enred贸 en su regazo. Acarici贸 su peque帽a cara, roz贸 las l谩grimas y enton贸 las primeras notas de una nana que derram贸 paz instant谩nea sobre el abrazo estrechado.

La maestra las despidi贸 en la puerta del colegio. Las vio irse con un inicio de complicidad y lucha entre la bruma opaca del dolor. Ten铆an varias citas para el d铆a siguiente, y los siguientes y los siguientes. Psic贸logos, trabajadores sociales, abogados, polic铆as. Personas que ayudar铆an, sin duda, pero que no alcanzar铆an a trepar a lo m谩s alto del cerco de uni贸n y fusi贸n de dos almas fr谩giles, pero nunca m谩s indefensas. La madre se alej贸 del colegio con su ni帽a en brazos, retrocedidas las dos a la uni贸n del vientre pre帽ado, refugiadas en su ombligo.
Lo que no pudo ver la maestra es que bajo las gafas oscuras de la madre, hab铆a una chispa de determinaci贸n y de fuerza, algo que el cuerpo reconoc铆a como perdido hac铆a mucho, pero que comenzaba anidar con la misma intensidad que el abrazo daba apoyo a su ni帽a y la nana entonada espantaba sus malos sue帽os. Para siempre.


Los cuadros son de Mark Ryden y Picasso.

13 enero 2009

Relato a tres bandas: Cimbrar-Escanciar-Tacto

A Merche y Mart铆n.
Gracias por compartir esta aventura.
Sois grandes.

CIMBRAR
El d铆a que Pedro vio el ovni, su pluma se neg贸 a escribir cuando le toc贸 firmar su acuerdo de divorcio. Comprob贸 que ten铆a el cartucho completo de tinta, y apret贸 a煤n m谩s el plum铆n contra el papel, ara帽ando la superficie con un surco de rabia e indignaci贸n. En ese gesto cab铆a la derrota y el fin de un proyecto, de una etapa. La pluma rasgaba neg谩ndose a resbalar en tinta. El se帽or Hugoboss carraspe贸 y lanz贸 una risita nerviosa que pretend铆a abducir la tensi贸n concentrada en el aire.

Carol le mir贸 y enarcando la ceja izquierda, le fulmin贸 con el fr铆o destello de sus ojos verdes. Le hab铆a apodado as铆 en cuanto le vio al otro lado del despacho, empapando su cara camisa de abogado de 茅xito con su transpiraci贸n incontrolada. El se帽or Hugoboss se trag贸 la bala y parpade贸 maldiciendo a la pluma que se resist铆a a sellar el convenio de divorcio. Su vasta experiencia como abogado matrimonialista le hab铆a permitido conocer a muchas y variadas tipolog铆as de parejas en ruptura, y nunca permit铆a que sus car铆simos trajes de dise帽o se arrugaran ni una m铆nima costura por una disputa m谩s o menos.

Pero este caso era distinto, se atrev铆a a reconocer que esta pareja era especialmente pintoresca. Para empezar, el marido, Pedro, no hab铆a abierto la boca m谩s que para explicar que lo 煤nico que quer铆a era el coche y la play station 3 con su colecci贸n de juegos y pel铆culas en Blu-Ray. El resto del tiempo se aletarg贸 en un silencio monacal en el que el semblante no se alter贸 ni un solo momento. Como si un ej茅rcito de monjes budistas estuvieran buceando por sus venas, parec铆a flotar en un nirvana de beatitud conformista y ausente. Acept贸 con una breve sonrisa todas las objeciones que su ex mujer le impuso, y mantuvo el gesto en paz y concordia hasta que sac贸 la pluma del bolsillo interior de su chaqueta, y se dispuso a rubricar el acuerdo.

Ella, en cambio, invadi贸 la estancia mucho antes de cruzar la puerta. Minutos antes de que entrara en el despacho, el ambiente se volvi贸 asfixiante, oprim铆a el cuerpo ci帽endo la piel con un guante de deseo, como una friega de excitaci贸n, la promesa delirante de una piel suave y caliente. Se afloj贸 la corbata de dise帽o italiano y dio unos pasos por la estancia. No se atrev铆a a mirar a su cliente, Pedro, que llevaba media hora esperando con pl谩cida serenidad, sin musitar ni una sola palabra, ni siquiera cuando el abogado se quej贸 de la tardanza de su ex esposa.

De repente, el avance de unos tacones, que parec铆an demorarse en tocar el suelo, le agit贸 como vara cimbrada sobre su espalda. Era como si cada paso se separara del siguiente una eternidad. Se descubri贸 enredado en la espera ansiosa del fin de ese caminar, en el dibujo de unas piernas, que imaginaba bien torneadas y firmes, desliz谩ndose al ritmo de unos pasos que no parec铆an llegar nunca a su destino. Hasta que ces贸 la m煤sica de los tacones, y un roce delicado de nudillos golpe贸 la puerta.

La puerta se abri贸 y la habitaci贸n entera cay贸 rendida. Las largas piernas se apretaban envueltas en una falda ce帽ida de la que pugnaban por escapar al andar, cimbrando su cuerpo en un baile sugerente y cadencioso, las caderas se balanceaban como mar embravecido, y la estrecha cintura se escurr铆a entre las olas m谩s perversas y lujuriosas del se帽or Hugoboss, ya deshecha la compostura y perdida la apostura para siempre.

Carol iba profusamente maquillada. Los labios carnosos y perfectamente delineados ten铆an aroma de quir贸fano, y el busto redondo y enhiesto hab铆a conocido vol煤menes peores. Los ojos arrastraban a un mundo verde de locura y estr茅pito bajo sus espesas pesta帽as. Todo en ella era rabioso y apasionado, pero elaborado a la vez, premeditado, estudiado y sabiamente preparado.

El se帽or Hugoboss supo al instante que hab铆a que espabilar la firma del divorcio si no quer铆a perder los papeles ante sus desaforados instintos primarios. Aquello era un encuentro en la tercera fase que no deb铆a de pasar de la primera. Ley贸 con voz entrecortada los t茅rminos del convenio y pidi贸 a ambos que expusieran sus aclaraciones o matices, si as铆 los hubiere.

Cuando se complet贸 el proceso, y una copia rectificada obraba en sus manos, Pedro intent贸 firmar, pero su pluma se neg贸 a funcionar. Apret贸 con m谩s fuerza el plum铆n, y agit贸 con energ铆a la pluma, hasta que un estr茅pito de gotas de tinta reg贸 la camisa y el traje caro del se帽or Hugoboss.

Un gesto de asco cruz贸 el bello rostro de Carol:
- Chico…t煤 siempre dando la nota, ¿es que no puedes tirar de una vez esa vieja pluma?

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Este relato no termina aqu铆. Es s贸lo una parte de un todo, el inicio de un juego literario en el que nos hemos embarcado tres blogueros a los que nos gusta eso de escribir. Esta vez, nuestra mano inocente, Marcela -gracias por tu colaboraci贸n- nos facilit贸 3 palabras, las sorteamos junto con los turnos (gracias a los aitas de Mer) y el resumen del partido fue el siguiente:
El blog de Tamara inicia el reto con "cimbrar" que pasa la historia al blog del
Instigador que regatea y avanza en el relato con "escanciar". Termina su jugada con un pase directo a Avellaneda que con "tacto" marca el tanto en el minuto final.
Esperamos que os guste y disfrut茅is como lo hemos hecho nosotros ¿Acaso no es esto Web 2.0?
Para continuar leyendo...

La ilustraci贸n es de Pomme Chan.

07 enero 2009

Olga


Qui no recorda, no oblida.
Qui no oblida, recorda.
Qui recorda, oblida.
Qui oblida, no recorda.
Qui no recorda, no oblida.
Estimo, per貌 no ho recordo.
M'estimen, i no ho oblido.
Mai no caur猫 en l'oblit.*
Marius Serra,
Quiet.

A Olga le gusta mucho cerrar puertas, muebles y ventanas. Como queriendo evitar que escape la luz que barniza lo que la rodea, ya sean objetos o personas, ya sean hadas o duendes. Tiene un sitio fijo en la cocina de mi abuela, la silla tras la puerta, de la que es fiel guardiana, el trozo de encimera donde juega con la cafetera a encajar sus viejas piezas. Mi abuela le canta canciones de otros tiempos, atrapadas en una noria de infancias por las que todos sus nietos hemos pasado, salvo Olga, que siempre ser谩 la peque帽a, la ni帽a de todos, pese a sus 30 a帽os cumplidos.

Tiene unos ojos enormes, los abre al mundo que la mira indiferente, acusando su diferencia sin reconocerla. Sus ojos son los m谩s hermosos que jam谩s he contemplado. Son algo verdes, medio grises y violetas, minerales brillantes que destellan en la seca monta帽a. Hay una chispa de emoci贸n cuando enciendes una vela y se lanza a soplarla en un permanente cumplea帽os de fiesta, hay un atisbo de indulgencia hacia los que la reducen y menguan, hay un campo de batalla en el que combate nuestra vulnerabilidad con su fuerza.

Cu谩ntas veces me he sentido fr谩gil, herida, atormentada, y me he sorprendido encontrando su mirada derramando una luz frente a la que me detengo acariciada, sintiendo que percibe los matices grises de mi esp铆ritu, mi adormecido 谩nimo fiero, mis rutinas y miserias. Pero no me juzga, no hay reproches en el golpe de sus p谩rpados, hay un vasto terreno limpio y fresco, donde laten sus grandes ojos, sin perder intensidad. Y es entonces cuando me cubre con un hule de colores con el que me levanto y esbozo una sonrisa, mezclada de su risa casi ahogada, y su arrullo confiado.

Le gusta mucho cantar con su media lengua de trapo, que entonemos con ella nuestras voces desafinadas. Mi hermano le guarda una canci贸n en su guitarra, tiene un estribillo colgando del bolsillo donde Olga le mete una carta fournier de su baraja espa帽ola preferida. Cuenta hasta tres como si alcanzara el infinito num茅rico, coloca en tu mano las cartas de la baraja como si fueran un abanico, y hay un mu帽eco al que adora y arrastra por toda la casa con su paso tambaleante y sus piernas flacas. Su silueta es estilizada, sus movimientos delicados y pausados, nada bruscos, cu谩nta belleza en un cuerpo que no aprendi贸 a puntuar envoltorios.

A los padres de Olga no han sabido nunca explicarles lo que pas贸, c贸mo un beb茅 tan lindo y fuerte se entumeci贸 de fragilidad y se qued贸 varado en el tiempo. En un universo infantil sin puentes ni fronteras, de puertas abiertas que se cierran para no dejar que escape la magia del instante, la permanencia del momento vivido, ese segundo que a los adultos se nos escurre entre los dedos de las prisas, las responsabilidades, los enfados, los agobios, sin dejarnos disfrutarlo, ni sentirlo existir, ni saberlo durar.

Cuando Olga duerme la siesta entrelazada con mi abuelo, me quedo fascinada mir谩ndola. La paz que cincela su rostro es la que he perdido y me resulta tan dif铆cil alcanzar. Necesitamos pilates, yogas, meditaciones, m煤sicas relajantes, y otras hierbas, y no llegaremos a dar tregua a nuestros m煤sculos faciales como lo hace ella. Quisiera arrancar del sof谩 ese cuadro y llev谩rmelo bajo el brazo, calentando mi sudor fr铆o, ahuyentando mis demonios y alejando mi ansiedad.

A Enrique le encanta verla jugar con las piezas de lego que Olga encaja con paciencia y esfuerzo. Ella le sigue sin hacer caso de sus indicaciones, plena de razones para amoldar las formas como bien le cuadran. Mi madre se sienta a jugar con ella alborot谩ndola de risas y abrazos, besos de los que siempre guarda una madre. Quisiera tragarme esa estampa y dejarla macerar bien adentro, para aprender a colocar cada cosa en su espacio adecuado.

Su madre la sostiene, la vincula, la prolonga, el territorio que comparten s贸lo admite a la hermana, las tres princesas de un cuento que sabe de rabia, impotencia, dolor y no entiende de hadas, s贸lo de una, la que les sopla fuerza con su impulso, ilusi贸n con su risa entrecortada en la que le falta aire de puro gozo, cari帽o con su abrazo entregado, pleno, donde se supo el comienzo y no se adivina el final, y el tes贸n de una superviviente, la m谩s luchadora, la gran vencedora de todas las batallas, las de siempre, las que vendr谩n y nos reventar谩n a todos, mientras ella nos mire con sus ojos bien grandes, algo verdes, medio grises y violetas, y levante el brazo vacilante, queriendo cerrar la puerta para que no se escape el asombro, la devoci贸n y la magia de saberse intensamente viva.


*Quien no recuerda, no olvida.
Quien no olvida, recuerda.
Quien recuerda, olvida.
Quien olvida, no recuerda.
Quien no recuerda, no olvida.
Quiero, pero no lo recuerdo.
Me quieren, y no lo olvido.
Nunca caer茅 en el olvido.
Marius Serra, Quieto.

21 noviembre 2008

Tras un mar hecho escalera



Este relato no empieza aqu铆.
El mundo incontable es s贸lo el punto final de un viaje que empezamos mi querida amiga Merche Lozano y yo hace varias semanas como un juego.
Si te apetece leerlo, primero tienes que llamar a la puerta de Avellaneda para saber c贸mo empieza esta historia. Despu茅s, si quieres, puedes volver aqu铆 a completarla. Te estar茅 esperando.

Foto cedida por Marcela Bustamante.
Gracias, Marcela, por participar en el juego y ser parte de este equipo.

.../...

El relato se interrump铆a abruptamente, con una pregunta inquietante con perfume de cotidianeidad. De no ser porque la formulaba una mujer que meses despu茅s iba a ser asesinada.

El inspector Alegr铆a se rasc贸 la cabeza rala con fruici贸n. Aquella no parec铆a la declaraci贸n de una mujer que temiera por su seguridad. M谩s bien era el relato pormenorizado de una mujer estrenando maternidad, que rememora los vaivenes hormonales de su reciente embarazo.

Alegr铆a resopl贸 y arroj贸 los papeles de la declaraci贸n sobre la mesa con un gesto de airado pesimismo. Se inclin贸 hacia atr谩s, y mir贸 fijamente al Irland茅s. El joven alto y espigado, de facciones n贸rdicas y rubio pelaje, que le val铆a el sobrenombre de “Irland茅s”, se estir贸 de golpe.
La mirada del inspector Alegr铆a pod铆a fundir el acero en un golpe de p谩rpados. Su apellido le rondaba como una maldici贸n, pues no hab铆a espacio en su rostro para una sonrisa, siempre ocupado en cincelar unas arrugas que le pesaban como toda la maldad del mundo.
El Irland茅s carraspe贸 antes de abrir la boca:

- Inspector, esto es lo que queda del diario de la mujer. A partir de ah铆, las hojas est谩n arrancadas, las tapas est谩n...
- ¿Y el marido qu茅 dice? ¿Conoc铆a la existencia del diario? –interrumpi贸 bruscamente Alegr铆a.
- Eeee…pues como sabe, se niega a decir una palabra, inspector, as铆 que no nos ha podido decir nada del diario, en concreto, no obstante…
- ¡Venga, ya, Irland茅s! No me vengas con esas, ¿me est谩s diciendo que se os resiste el t铆o 茅ste?

Alegr铆a se inclin贸 hacia delante, mirando fijamente al joven polic铆a, crimin贸logo de titulaci贸n universitaria, cuerpo atl茅tico cincelado finamente de musculatura preparada para perseguir al criminal y dominio magistral del enjambre tecnol贸gico. Nuevas generaciones de polic铆as, mentes j贸venes y arrogantes frente a la experiencia hecha oficio y el olfato afinado del viejo inspector.

Pero el Irland茅s le ca铆a bien a Alegr铆a, hab铆a buena materia prima que moldear. No quiso ser demasiado duro con 茅l, y se limit贸 a carraspear y a golpear la espalda del joven, tieso y duro de miedo ante la reacci贸n de su superior.

- Irland茅s, Irland茅s, vamos a hablar con el marido ahora mismo, a ver qu茅 le podemos sacar.

El joven afloj贸 su cuerpo al comprobar que no iba a haber reprimenda, pero apret贸 las mand铆bulas con fuerza, sabedor de que estaba pasando pruebas y la entrevista con el marido iba a ser su gran examen.

El d铆a estaba desapacible, se respiraba una atm贸sfera de primeras lluvias oto帽ales, y el cielo mostraba un color sucio, de barro extendido por las calles. Se montaron en el Ford Mondeo negro, y atravesaron la ciudad hasta llegar a la urbanizaci贸n de casitas adosadas que se extend铆an en la zona m谩s acomodada del extrarradio.

Les abri贸 la puerta Sebasti谩n Pedroso en persona, marido de la v铆ctima. Su rostro se endureci贸 al verles, pero su voz transmiti贸 calma cuando les invit贸 a pasar. El sal贸n parec铆a desordenado, aun permaneciendo todo impecablemente colocado. Hab铆a una sensaci贸n de control superficial, concluy贸 el Irland茅s, algo inestable, a punto de derrumbarse si se sab铆a rascar debidamente.
Se acomodaron en los sillones y el marido les ofreci贸 un caf茅, que aceptaron.

El inspector Alegr铆a se ofreci贸 a ayudar, y el Irland茅s observ贸 el comportamiento del inspector con atenci贸n. Se mostraba torpe, pero c谩lido, como un padre que acude al llamado de un hijo en apuros y no sabe por d贸nde empezar. “Seguro que es una estrategia para que el otro se conf铆e, qu茅 viejo perro es este hombre, se las sabe todas”.

El Irland茅s se qued贸 solo en el sal贸n, titubeante y sin saber muy bien qu茅 hacer con su presencia, y se acerc贸 a una vitrina donde se amontonaban varias fotos enmarcadas. Comprob贸 que no hab铆a ninguna del ni帽o, hab铆a muchas de la pareja, en diferentes situaciones y vestimentas, pero le llam贸 la atenci贸n una especialmente. Era de ella, de la v铆ctima.

El pelo se agitaba y cubr铆a la cara sin llegar a ocultar una sonrisa confiada, plena. Al fondo, el cielo dibujaba nubes rosadas de un prometedor y seductor atardecer. El mar formaba unos escalones tentadores que invitaban a alcanzar el cielo. La mujer de la foto sonre铆a feliz, su barriga abultada mostraba un embarazo muy avanzado. Todo en esa foto conduc铆a a sentirse en plenitud, nada hacia prever que tras las nubes se cern铆a la tormenta, la muerte, el fin.

Sin darse cuenta, tom贸 la foto en sus manos, concentrado, y no se dio cuenta de la llegada del marido y el inspector con la bandeja y el caf茅.
- Deje eso en su sitio ahora mismo, por favor.
La voz de Sebasti谩n era g茅lida y dura, el eco ahogado de una garganta rota, en la que se amontonaron las l谩grimas.

- Disculpe…
- ¿Qu茅 pas贸 en ese viaje, Sebasti谩n? –el tono del inspector, intentando aprovechar ese descuido en las defensas del marido, no le pas贸 desapercibido al joven polic铆a. Era el tono de un padre que comprende y tiende una mano, abierta a cualquier confidencia.
- Era tan guapa, el embarazo la embelleci贸, pese a lo mucho que se quejaba, pero yo la encontraba m谩s hermosa que nunca –su voz se quebr贸 mientras cog铆a la foto y la aferraba con fuerza.
- Hay mujeres a las que la maternidad las pone m谩s guapas, mi mujer tambi茅n pas贸 unos embarazos complicados, pero bien lindos. Si茅ntate aqu铆, Sebasti谩n, tomemos este caf茅 y hablemos un poco…

Sebasti谩n se sorb铆a los mocos mientras las l谩grimas rebotaban mansamente sobre su barbilla.
- Era la mujer de mi vida, eso quiero que quede claro… y ahora no tengo nada…
- ¿D贸nde est谩 el ni帽o, Sebasti谩n?
- Con sus abuelos, yo…no soy capaz de verlo…no puedo, no puedo…
- ¿Cu谩ndo lo supiste?

Los ojos de Sebasti谩n se afilaron cuando miraron al inspector, que hab铆a convertido aquello en un di谩logo entre los dos, dejando al margen al Irland茅s, que s贸lo acertaba a escucharlo todo con los ojos abiertos empapados de asombro.
- En aquel viaje, precisamente…se la ve铆a tan feliz y relajada, que no pudo ocultarlo por m谩s tiempo.
- ¿No sospechabas nada?
- Pues no…hombre… los s铆ntomas eran evidentes, admito que tambi茅n alarmantes, pero yo me negaba a pensar en lo que podr铆an significar.
- ¿A qui茅n se le ocurri贸 la idea del diario?
- A ella, claro –sonri贸 Sebasti谩n- ten铆a una sensibilidad especial, le gustaba escribir, y pens贸 que as铆 podr铆a dejarle al ni帽o un detalle bastante completo de c贸mo era y c贸mo sent铆a. Le qued贸 muy bonito, ustedes han le铆do una parte, ¿verdad?
- S铆, pero falta toda la parte final. En la que cuenta, supongo, por qu茅 te pidi贸 que lo hicieras.
- Era fant谩stica y tan fuerte…pero no pudo m谩s.

El inspector Alegr铆a pas贸 su brazo por los hombros de Sebasti谩n, que lloraba vencido, y en un susurro pregunt贸:
-¿Qu茅 pas贸 aquella noche, Sebasti谩n?

Era medianoche cuando el Irland茅s sali贸 de la casa. La luz de las farolas apuntaba a las calles con su foco acusador, y el silencio ahogaba el aire fr铆o de la noche, que agitaba su paso enmudecido de golpe.

Detr谩s de 茅l ven铆a el inspector Alegr铆a, el viejo cascarrabias le hab铆a dado una lecci贸n que nunca olvidar铆a. Le sobraba humildad para reconocer cu谩ndo le tocaba callar y no cuestionar. El brillo en sus ojos no le pas贸 desapercibido al viejo, que le palme贸 la espalda y le dijo, quedamente:
- V谩monos, hijo, que es muy tarde ya.

La sirena del coche de polic铆a irrumpi贸 s煤bitamente en la noche fr铆a, desgarrando la paz irreal de una noche de confesiones, lamentos, angustias y ausencias. Cuando el coche pas贸 a su lado, vio a Sebasti谩n, sentado en el asiento de atr谩s. Su mirada parec铆a perdida en hondos abismos de insondables dimensiones, abatida en su propia batalla para el resto de su vida.

- ¿Por qu茅 lo har铆a? ¿Por qu茅 no intentaron luchar contra la enfermedad?
- Hijo m铆o, alg煤n d铆a entender谩s que la mente humana es tan rica en recovecos, requiebros y matices como colores nos muestra la naturaleza.
- Pero hab铆an tenido un hijo, era una ilusi贸n m谩s por la que luchar, y 茅l mismo ha reconocido que ella mejor贸 mucho cuando naci贸 el ni帽o, incluso en el diario se percibe que estaba mejor…
- Mejor no quiere decir curada.

El Irland茅s aparc贸 el coche, ya hab铆an llegado. S贸lo entonces se atrevi贸 a hacer la pregunta:
- Inspector Alegr铆a, ¿c贸mo lo supo? ¿C贸mo adivin贸 que ella fue quien le pidi贸 que la ayudara a morir?
Los ojos del viejo inspector centellearon en la oscuridad. Se gir贸 suavemente, mir贸 al joven muchacho que temblaba de admiraci贸n a su lado, y le lanz贸 un gui帽o:
- Da mucho de s铆 ayudar a preparar un caf茅, Irland茅s.

Querida Merche, gracias por dejarme seguirte en esta aventura. Me ha encantado y me lo he pasado genial. ¡¡Somos un equipo!!

15 octubre 2008

Un post-it color azul

Rub茅n se acaba de levantar. Martes, 7 de la ma帽ana. Asoma la nariz por la ventana con el primer bostezo, y fija la vista en el horizonte de m谩rmol gris que comienza a dibujarse. Tres-dos-uno, zas, la luz de la farola de la plaza se apaga de pronto. Como todas las ma帽anas, de lunes a viernes, el mismo ritual y las mismas rutinas.

Tiene sobre la mesa del sal贸n una nota. Es un post-it tama帽o mediano, color azul. La letra apretada de Carlos dese谩ndole un buen d铆a y confes谩ndole una emoci贸n. Ha sido un arrebato, no se ha podido contener, y la fuerza de un "te quiero" planea sobre el horizonte gris apaga farolas de esa ma帽ana reci茅n pintada de azul.

Carlos es as铆, acomoda la vida de los dem谩s con su juego de almohadones emocionales, hace romas las esquinas con peque帽os detalles que iluminan lo cotidiano. Una camisa que no se espera, una invitaci贸n al teatro, un viaje sorpresa. Rub茅n se siente protegido y seguro a su lado. Complementa su vida con una entrega que adormece fantasmas y quimeras.

Pero cuando cruza la puerta de su casa, el horizonte tiene vetas m谩s intensas y el post-it azul queda colgado del nido enmara帽ado donde aisla su autenticidad, niega su sexualidad y su deseo por Carlos, o tantos hombres antes que 茅l. Ocultar es ley, una norma r铆gida y severa que somete ferozmente sus decisiones, discurso y hasta la decoraci贸n de su casa. Cuando los amigos van a casa, borra todo rastro de Carlos, arrojando la parte m谩s plena de su existencia a un vertedero de oscuridad y anulaci贸n. Zozobrar en el fango del desprecio y el juicio ajeno le aterra, asomarse al regazo de la soledad le aterroriza.

El metro va atestado de gente, imposible sentarse. Se incrusta en la puerta y decide arrojar la claustrofobia al rinc贸n mientras rescata un buen recuerdo. Se acuerda de Carlos, de sus largos dedos resbalando por su espalda, hundiendo su rastro en la piel, descubriendo atajos deliciosos. Hay un chico frente a 茅l que le mira fijamente. Tiene grandes ojos, flanqueados por p谩rpados pesados, hinchados de sue帽o interrumpido. Pero en el brillo del iris se puede leer el inter茅s, la atracci贸n, el deseo. Rub茅n se siente inc贸modo con su mirada. Le trae recuerdos de d铆as de huida, turbios y sucios de miedo y renuncia. Eran d铆as sin Carlos, d铆as de cuerpos sedientos entre las sombras, la vuelta a casa con los hombros vencidos, sin apenas aliento, resbalando por toboganes de remordimientos y angustias reencontradas.

Y al llegar, los ojos de Carlos. Encendidos de rabia al principio, confundidos e interrogantes despu茅s. Reconoc铆a los demonios, conoc铆a cada palmo del camino de la negaci贸n. Y se sorprend铆a a s铆 mismo fingiendo que no se enteraba de nada, confiando en que al amor endeble le crecieran piernas fuertes y firmes para caminar por la misma vereda.

Pero a Rub茅n no se le escapaba la batalla que libraba por contener una l谩grima. Al principio, todo quedaba ah铆. Pero luego lleg贸 el esbozo de una grieta. La humedad se precipitaba por la mejilla sin que a Carlos le diera tiempo a disimular. No pasa nada, no te preocupes, lo entiendo. Y detr谩s de su voz, el bramido de la ruptura, cada vez m谩s cercano. La voz grave y arrastrada de Rub茅n le ped铆a disculpas, mientras las palabras vac铆as le raspaban las cuerdas vocales.

El discurso aprendido, el mismo de otras veces. Y la sombra del abandono y la angustia, la llamada de la soledad saludando tan cerca. La necesidad de salir corriendo. Y la vista fija en los ojos de Carlos, que sujetaban los mares furiosos, pero no pod铆an ocultar lo que hab铆a detr谩s. El desgarro de la decepci贸n, la riada del dolor y los trazos firmes del final. M谩s de lo que Rub茅n estaba dispuesto a soportar.

Por fin, su parada. El chico de la mirada intensa queda oculto entre la gente que entra apresuradamente al vag贸n.
Y un post-it azul vuelve a pegarse en su frente. Como un aviso, una advertencia, la se帽al de un cambio. Las palabras de Carlos le retumban por dentro, un cicl贸n de emociones est谩n arrasando sus cosechas de temores, largo tiempo sembradas sobre suelo bien regado.
La confesi贸n de Carlos le abri贸 la ventana esta ma帽ana, le mostr贸 un horizonte de grandes espacios, y le pint贸 de azul el cielo, antes gris y compacto.

Al llegar al despacho, saluda a su compa帽ero y le confirma que ir谩 a la cena de la oficina.
¿Ir谩s solo, como siempre, o nos sorprender谩s con alguna chica guapa, para variar?
No, contesta en tono quedo antes de aclararse la garganta.
No ir茅 solo, afirma con voz m谩s fuerte.
Vendr谩 conmigo mi novio. Se llama Carlos.


La imagen est谩 sacada de alg煤n rinc贸n de Internet. Desconozco el autor, de lo contrario, lo nombrar铆a encantada.

26 agosto 2008

Se sent贸 en la cama

Maternidad, Susana D'Momo

Se sent贸 en la cama, justo en el borde, mientras la hija iba y ven铆a en un tornado de agitaci贸n y actividad. Mam谩, no te sientes justo ah铆, que acabo de doblar esas camisetas y me las vas a arrugar. Su mirada centelle贸 de censura unos segundos, los justos para dejar paso a la ansiedad. Su atenci贸n acababa de cambiar de ojetivo. No s茅 d贸nde he puesto la dichosa chaqueta vaquera, que no la encuentro, leche. La madre la mir贸 desde un temblor, observando su gesto de mujer de estreno, toda ella hecha una persona adulta. La mir贸 y la hall贸 tan lejana, tan independiente, tan inmersa en su propio mundo, que sinti贸 que la habitaci贸n, la cama y ella misma eran actores de reparto en la escena. El temblor al que se hab铆a subido de puntillas se agit贸 un poco, dej谩ndola al borde del precipicio. Su ni帽a, su peque帽a rosquillina, su mu帽eca, se hab铆a hecho mayor. Y se marchaba.

Lo normal, claro. Nada nuevo. Una hija que se independiza y se marcha de casa. En este caso, adem谩s, por motivos de estudios, se iba a otra ciudad, otro pa铆s. Y, sin embargo, esa homogeneizaci贸n en la ruta social, esa regularidad en las fases del caminar colectivo, esa continuidad esperable en el devenir de la vida, no le calmaba la ansiedad. Lo esperaba, sab铆a que llegar铆a, cre铆a estar preparada. Pero no lo estaba. Y la ilusi贸n que mostraba ante los preparativos de su partida, el frenes铆 de actividad que hab铆a compartido con ella como si de la aventura de dos amigas se tratara, el convencimiento de haber educado a su hija para ser aut贸noma, inconformista, sin fronteras, eran espejismos de un desierto en el que pugnaba por encontrar agua un coraz贸n malherido.

Mam谩, ¿d贸nde has dejado los pantalones que me has planchado? Ay, Dios, creo que esta maleta pesa demasiado. La hija estaba al borde del colapso, los nervios anticipaban una escena de gritos y lamentos que iba a subir el tel贸n de un momento a otro. La madre se levant贸 y le acerc贸 los pantalones, los dobl贸 cuidadosamente y recoloc贸 el contenido de la maleta. Lenta y silenciosamente, sin que pareciera que estaban ordenando y metiendo la mano en terreno ajeno. Al terminar, cogi贸 por la cintura a su hija y la abraz贸. Al principio, se resisti贸. Mam谩, tengo mucha prisa, anda d茅jame, que tengo muchas cosas que hacer todav铆a. Pero la oposici贸n dur贸 poco, era apenas un 谩rbol de puntillas, con ramas nuevas y extendidas al cielo para abarcarlo todo.

El abrazo se llen贸 de besos, los de una madre. Los que inflaman de seguridad y sanan quebrantos. Los que se escapan en la mara帽a de la memoria, porque nacieron con los primeros recuerdos, los que ense帽aron a confiar en el suelo que se adivinaba como un reto amenazador en los primeros pasos, los que siempre daban paz cuando el llanto era puro desgarro porque no hab铆a palabras todav铆a.

Hab铆a una nube de recuerdos a punto de descargar su contenido. La presi贸n de las primeras gotas la llevaron a una fiesta de San Juan, en la que las dos se ci帽eron lazos de colores, quemaron los temores, y brindaron por los nuevos proyectos. Hab铆a viajes por completar, idiomas por aprender, amigos por conocer, amores por conquistar. Y una casa. Con luz, de grandes ventanas. Y el mar al otro lado de los cristales, rompiendo en olas su frenes铆 de caracola. Con una arena reci茅n mojada sobre la que pasear persiguiendo un reflejo. Madre e hija deshojando sus deseos. Los p谩rpados se juntaron tras la risa. Las dos, achinando los ojos al re铆r. Un rasgo com煤n que estrechaba el cord贸n que un d铆a habit贸 en un ombligo.

Unas lagrimillas se escaparon en el nudo del abrazo. L谩grimas de ambas. La hija volvi贸 r谩pidamente a su maleta, repasando las cosas que a煤n le quedaba por guardar. Y la madre, nuevamente, volvi贸 a sentir la necesidad de sentarse en el borde de la cama.