Hay días en que mi sonrisa me deja para irse de vacaciones. Esta tarde, después de dormir, quizás demasiado, he visto que mi sonrisa se había tomado la tarde libre. Me había dejado de lado, como si nada, y después de darle mil vueltas al asunto, he visto que no es la primera vez.
Hay días en que la sonrisa desaparece, días tontos, días raros, días demasiado largos incluso, días en qué enciendes las neuronas que te quedan y decides que necesitas música triste, melancólica,
zambas del
olvido y
cadillacs solitarios reversionados por voces aún más rotas que la del loco original que la cantaba años a. A veces incluso apetece una sesión de voces que suenan a exceso de wisky y tabaco y que te permiten cantar a grito pelado eso de “dicen que es generacional, pasan los años, no parece que vaya a cambiar…”.
Hay días que tienen menos horas de lo habitual porque duermes lo que sueles estar despierto. Entonces decides que o bien los aprovechas o bien dejas que pasen, tal y como llegaron, decides que sean días de paso, días que vienen y se van, días que no recordarás en veinte años. Días sin más a pesar de plantarte delante del ordenador a escribir chorradas que guardas por si a caso, por si un día algún mecenas aburrido va y te descubre y decide que tu verborrea vale millones.
Hay días que lo mejor que podrían hacer es empezar siendo mañana. Días que deberían tener la tecla fast forward y pasar a toda pastilla, como si nada, para terminar con una canción movidita o algo de funky, no sé, algo bonito, movidito, facilón.
Hay días que empiezan tristes y acaban normales. Hay días normales que acaban siendo tristes. Igual que hay personas normales y hay personas tristes.
Por suerte, los que parecemos enganchados a eso del buen humor o al simple hecho de estar de buenas, recuperamos la sonrisa a base de música, ya no digo de buena música (porque para gustos, los colores), pero todos tenemos canciones que nos hacen olvidar, sonreír, llorar hasta desahogarnos del todo y no poder más. Siempre hay algo de música para desconectar y hacer que un día acabe mejor. Y si además le sumamos una cierta dosis de llorar delante de un amigo y hablar, hablar y hablar, la cosa tampoco esta tan mal.
Hay días en que llorar no es tan malo como parece y que hablar es más difícil de lo que ya es normalmente, días con tortícolis adquirida a base de tensión, puede que autoproducida (o no), pero tensión. Es raro escribir sobre días cortos que se hacen eternos y sobre canciones tristes que te hacen sentir mejor.
Hay días en qué incluso te apetece dibujar un rato antes de irte a dormir aprovechando que has dejado la música de cantautor deprimido para empezar con algo de indie modernillo que te hace mover el pie estando sentada.
Hay domingos que tendrían que llamarse lunes. Domingos más raros de lo normal, en que tienes esa creatividad producida por una mezcla rara de tensión, televisión, ñoñería y sentimientos a flor de piel. Hay domingos desaprovechados que podrían haber dado lugar a mucho, o no.