domingo, 27 de diciembre de 2015

Taize en Valencia

"Estos días de expectativas políticas en los que estamos pendientes de las declaraciones de unos y otros para los futuros pactos de gobierno, la ciudad de Valencia está tomada por miles de jóvenes que participan en el encuentro europeo de Taizé. Es probable que para gran parte de los ciudadanos este nombre no les diga nada y lo asocien únicamente a un pueblo de Francia. Sin embargo, “Taizé” está cargado de significado para varias generaciones de jóvenes cuyas vidas quedaron marcadas por aquella semana en la que se produjo la “experiencia de Taizé”.


Quienes entonces quedaron marcados ahora quieren que sus hijos y nietos conozcan esta experiencia, que no es la de una visita turística sino la de una revolución interior. Aunque el número de jóvenes españoles que podían escaparse en Pascua y verano durante los años sesenta y setenta del pasado siglo eran pocos, en las últimas décadas el número se ha incrementado y por ello la comunidad de Taizé celebra el encuentro en Valencia.

Aunque es difícil reproducir esta experiencia fuera del entorno comunitario, celebrativo y ecuménico, estos días se intentará reproducirla en parroquias, comunidades, hogares de acogida y espacios públicos habilitados para ella. Es una experiencia sencilla y básica que parte del encuentro con el otro, alguien que puede ser de otro país, de otra cultura, de otra religión, de otra espiritualidad. Un encuentro con otro que no es necesariamente creyente o practicante sino con “otro que busca”, que se reconoce en un proceso de búsqueda que tiene mucho de aventura, crecimiento y maduración. Al margen de la confesión o credo, es una experiencia de mutualidad, autenticidad e interioridad apasionada.

No recibe su valor de ningún código, catecismo o precepto de cualquier tradición religiosa, lo proporciona la articulación de unos recursos que modulan la sensibilidad humana universal. Además de apelar al poder meditativo del silencio y plantear la autenticidad de la vida por la vía de la interioridad, es una experiencia estética inolvidable porque integra todos los sentidos. La música desempeña un papel central y los cantos se escuchan ya en todos los rincones del mundo. La pintura también desempeña un papel importante a través de los iconos. No es una experiencia idolátrica o gregaria como la que se tiene en acontecimientos deportivos o musicales. Los ídolos cierran las mentalidades, los iconos las mantienen abiertas, son fuentes de evocación permanente, generan vínculos narrativos que permiten la comunicación entre gentes que hablan lenguas distintas.

Es un acercamiento enriquecedor a la belleza en una cultura que tiende a instrumentalizarla como objeto de utilidad y consumo. Es una experiencia ecuménica de celebración y fiesta que estos días de consumo, aceleración y desconcierto invita a demorarse en lo bello." Podéis ver el artículo completo en Las provincias, 27 de diciembre de 2015. 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cayo, para servirle

"Miguel Delibes nos regaló en 1978 una novela protagonizada por un ciudadano de la Castilla profunda llamado Cayo Fernández. Llevaba por título El disputado voto del Señor Cayo y Antonio Giménez-Rico la adaptó al cine en 1986. Además de mostrar el contraste entre dos modos de ver la cultura, muestra la fuerza vital, autoridad y poderío moral de un simbólico ciudadano: el señor Cayo.

El señor Cayo era un personaje histórica, social y culturalmente irrelevante hasta que Víctor le pide el voto y llegan las elecciones. Su insignificancia política, su ninguneo administrativo y su irrelevancia macroeconómica se transforman de repente cuando llega un momento clave: la cita electoral. Como nosotros, el señor Cayo era un ciudadano irrelevante hasta que se fija una fecha significativa en el calendario y todo gira en torno a ella. A partir de ese día, nosotros y el señor Cayo somos alguien. A partir de ahí, el universo político, económico y administrativo empieza a tenernos en cuenta. Tenemos una llave mágica con la que abrir el cofre de la economía, de la administración y de la política: la llave de nuestro “disputado” voto.

Aunque mañana volvamos al anonimato, hoy somos alguien, tenemos valor, se cuenta con nosotros. Hoy tenemos dignidad y se nos mira con respeto. Hoy culmina un proceso de dignificación ciudadana que ha durado escasamente los veinte días de la campaña electoral. Aunque tengamos que prepararnos para la irrelevancia, la insignificancia y el ninguneo, hoy mandamos, hoy ejercemos el señorío con nuestro disputado voto. Y probablemente hoy nuestro voto se cotiza al alza porque condiciona un momento histórico en la democracia española.

A partir de ahora se abre una nueva etapa política de incertidumbre, complejidad e inestabilidad ideológica. Etapa donde parece desaparecer el bipartidismo imperfecto de las últimas décadas para emerger un pluripartidismo que quizá refleje mejor el pluralismo de la sociedad española. Etapa nueva donde los nuevos agentes políticos tendrán que ubicarse internacionalmente de inmediato y donde deberán realizar un sólido programa de metamorfosis formativa para sus cuadros, militantes y simpatizantes porque donde dijeron “Digo” se verán forzados a decir “Diego”. Veremos a jóvenes viejos forzados a cambiar cromos y prepararse aceleradamente en el ingrato arte de la gobernabilidad.

Por lo que hemos empezado a ver, se trata de un arte despiadado donde la buena fe, la confianza mutua, las buenas prácticas y la altura de miras no parecen ser los valores mejor cotizados. Un arte que parece consolidarse a medida que el señor Cayo desaparece el horizonte, como si en lugar del diálogo con la sociedad se ensimismaran en sus resentimientos, polémicas o tertulias. Es obligado recordar la identidad cívica de Cayo y decirle a Víctor con dignidad nuestro nombre: “Cayo, para servirle”. Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 20 de diciembre de 2015.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Debatir y gobernar

"Esta campaña electoral pasará a la historia de la política española por el protagonismo que en ella están adquiriendo los debates televisivos. De la misma manera que la agenda electoral y política de la pasada semana estuvo caracterizada por el debate a cuatro que mantuvieron los partidos, la próxima estará caracterizada por el debate a dos que realizará el presidente del gobierno con el líder de la oposición.

Algún nostálgico echará de menos la retórica griega y el papel que en ella desempeñaba la búsqueda del mejor argumento. Recordará la vinculación que había entre el buen manejo de la palabra que hacían los sofistas y la búsqueda de la verdad a la que nos invitaba Sócrates, como si todavía tuviera algún valor la antigua retórica en las telegénicas democracias. Recordará que no se trataba sólo de argumentar sino de persuadir y convencer para tener el honor de trabajar por la justicia en el espacio público de la polis.

Por mucho que se empeñen los expertos en campañas electorales y marketing político, los debates electorales tienen una dimensión discursiva, argumentativa y lógica en la que debe sostenerse la dimensión emocional, sentimental y epidérmica. Más allá de la gestión de los tiempos, la selección de los asesores, el diseño de los debates, el modelo de americana, el tono de la corbata, el ángulo de los primeros planos, la utilización de las manos, la pericia twittera o la oscura complicidad con la empresa informativa, los debates electorales son escenificaciones teatrales donde cierta verdad acontece. No quiero decir con ello que un debate electoral es el lugar donde aparece la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. No sería cierto. Me refiero al hecho de que sin una mínima voluntad de verdad el debate pierde su relación con la democracia.

Siempre hay algún asesor político y experto en retórica emocional que aconseja dejar de lado a los clásicos griegos porque considera que Trasímaco y Calicles son superiores a Sócrates en la contienda electoral. Este desprecio a una mínima voluntad de verdad se alimenta en nuestros días por el valor que conceden los expertos a series de ficción televisiva donde un candidato desprecia, machaca o anula al adversario sin piedad. Recordemos el peso de una serie como House of Cards donde la voluntad de poder se construye de espaldas a la voluntad de verdad.

El hecho de que los debates sean televisivos no debería forzarnos a despreciar la voluntad de verdad. En debates televisivos, los entrevistadores, productores, editores y realizadores saben que sin voluntad de verdad y autenticidad el debate está perdido. Los cámaras y mezcladores no pueden hacer milagros. Tampoco los pueden hacer estilistas y maquilladores cuando se encuentran con candidatos que desprecian mirar de frente y dirigirse a la cara del adversario. Para debatir y gobernar no basta con saber ver, hace falta saber mirar. En televisión con más motivo porque la ética es una óptica." Podéis ver el artículo completo en Las provincias 13 de diciembre de 2015.

Religiones en la agenda electoral

"Uno de los datos más relevantes de los programas electorales de los cuatro partidos que se presentan a las elecciones del próximo 20D es la irrelevancia que conceden al factor religioso. A excepción del PSOE que dedica un capítulo a su exclusión en términos de laicidad (p. 84), el resto de fuerzas políticas podemos decir que lo ignoran o, en el mejor de los casos, se desentienden del tema. Mientras la inmigración, la avalancha de los refugiados, el modelo de desarrollo y los atentados yihadistas están forzando una revisión del factor religioso en la agenda política, nuestra clase política parece mirar para otro lado. En algún momento tendrían que decirnos qué piensan sobre el factor religioso para saber si ubican las religiones en el lado de sus propuestas de civilización o de barbarie.


Mientras tanto, comprobamos cómo los nuevos gobiernos autonómicos y municipales que han surgido de lo que llaman “pactos de progreso” o de “unidad popular” desprecian y desmontan los puentes de gestión política o administrativa que existían para al diálogo o la cooperación interreligiosa. Al alcalde de Valencia le faltó tiempo para declarar que su gobierno sería laico, y a los pocos días suprimió de los tanatorios municipales los símbolos religiosos. El tripartito autonómico (PSPV-PSOE, Compromis, Podemos) del que también forma parte el partido de este alcalde, está a punto de darle la puntilla al CeiMigra (www.ceimigra.net), uno de los espacios públicos mejor valorados por todas las confesiones religiosas. El diálogo entre confesiones religiosas no es prioritario en la agenda conservadora o progresista porque, como me comentaba un amigo francés republicano y de izquierdas, cada confesión religiosa tiene una idea de lo absoluto que quieren imponer a las demás y por eso su acción pública tiene que restringirse y limitarse a la vida privada.

El hecho de que los partidos políticos no cuenten con las confesiones religiosas no significa que su gestión pública esté resuelta de manera satisfactoria. Dentro de poco, cuando se haya estabilizado el panorama electoral y se plantee el problema de la integración social, cultural o educativa, descubriremos que el factor religioso era más importante de lo que los estados mayores de los partidos se imaginaban. Esperemos que aún les quede tiempo para leer la entrevista a Wael Farouq que el pasado 6 de diciembre se publicó en Páginas Digital (www.paginasdigital.es).

Este profesor de la Universidad Católica de Milán y de la American University de El Cairo se pronunció sobre la retirada de los belenes y símbolos religiosos. En sus comentarios presentó un concepto de integración verdaderamente interesante. Sus palabras son las siguientes: “El verdadero problema es la integración por medio de la “eliminación”. Es decir, para integrar a los musulmanes, hay quien piensa que hay que eliminar la cruz, o que para integrar a los homosexuales hay que agredir a la literatura y cultura de la familia. Es un modo de ver restringido y rígido, que considera el espacio cultural como un espacio limitado donde, a causa de la “superpoblación” de culturas, hay que recortar un poco el espacio de unos para dárselo a otros. Pero la naturaleza del espacio cultural humano es precisamente la de no tener límites. En vez de buscar algo que eliminar, deberíamos buscar lo que hay que añadir y ver cómo construir puentes. Así, en mi opinión, los que piden eliminar la cruz para respetar los sentimientos de los musulmanes no son más que la otra cara de los que ven en los musulmanes un peligro para la cruz.”

Más adelante afirma: “Hoy todos instrumentalizan a los musulmanes, los terroristas, los políticos y ciertos portadores de una posición ideológica. Todos hablan por los musulmanes, pero nadie habla con ellos”. En la misma línea, el director de un instituto público empezó a visitar y conocer la situación de los alumnos de confesión islámica; en lugar de preguntar a otros se decidió a hablar con ellos e interesarse por sus intereses. La actitud de los familias musulmanas cambió radicalmente cuando vieron que en de hablar por ellos o contra ellos hablaban con ellos.

Llegados a este punto, el profesor Farouq plantea la necesidad de distinguir entre religión y cultura, algo que no siempre está claro cuando valoramos las prácticas o tradiciones que articulan la vida cotidiana interreligiosa. A su juicio, hay una gran diferencia entre religión y cultura. Si la religión es un credo que podemos aceptar o rechazar, “…la cultura es el fruto del movimiento de sociedades a lo largo de la historia, una fórmula humana que no puede separarse del corazón ni de la lengua. Un cristiano egipcio dice: yo soy de religión cristiana y de cultura musulmana. Y creo que los musulmanes en Europa también son así. Su pertenencia cultural –nos guste o no- está determinada por la lengua, la vestimenta, la alimentación, el arte, la tecnología, el lenguaje de la vida cotidiana, un mar en el que navegan con el navío de los valores religiosos. Quedarse en tierra o ser tragado por el mar son dos cosas que contrastan con el papel y el objetivo de este navío.”

Conviene que pensemos bien en manos de quién ponemos este navío que llamamos civilización. Es hora de que exijamos responsabilidad, alfabetización religiosa y un mínimo de coraje para afrontar las tormentas que se atisban desde la proa. Algo que quizá no tengan quienes sólo se atreven a llevar el timón cuando la mar está en calma. " 
http://www.entreparentesis.org/blog/769-religiones-en-la-agenda-electoral

Demócratas en la Iglesia, católicos en los partidos

"Hace unos días, después de exponer públicamente en el Instituto francés de Valencia la propuesta de laicidad positiva que en el año 1954 ofreció Paul Ricoeur al socialismo francés en un artículo que llevaba por título El protestantismo y la cuestión escolar, algunos asistentes se sorprendieron de que fuera católico practicante. El tema surgió después de la conferencia cuando mostraron sus dudas de que los cristianos pudieran tomarse en serio el tema de la laicidad y defendieran un modelo de escuela pública donde las diferentes cosmovisiones y confesiones religiosas pudieran trabajar juntas a favor de la libertad, la igualdad y la fraternidad.


Habían pasado pocos días desde los atentados de París y mis interlocutores estaban convencidos de que la fortaleza moral de los valores de la República exigían una escuela verdaderamente laica donde no tuvieran cabida las confesiones o cosmovisiones religiosas. Les hice ver que el desafío ético de las democracias avanzadas está relacionado con la aplicación de fórmulas administrativas que integren la diversidad religiosa y no con fórmulas ideológicas que marginen, segreguen y privaticen las confesiones religiosas. Por mucho que los defensores de la República y sus técnicos se empeñen, las sociedades no son beligerantemente laicistas sino religiosa y cosmovisionalmente plurales. Por eso sigue siendo importante recordar que la aconfesionalidad de la constitución española no sólo exige que los poderes públicos no se identifiquen con una confesión determinada, sino que los poderes públicos no se desentiendan del pluralismo como valor constitucional.

Esta articulación entre una administración pública que defiende valores republicanos y una sociedad plural es compleja y difícil. Pero no es imposible. Y no se articula mejor dándole la espalda a la propia confesión religiosa sino conociendo las aportaciones con las que puede promover y construir una ciudadanía común. Precisamente este fue uno de los temas centrales del XVII Congreso Católicos y Vida Pública que llevó por título “Construir la democracia: responsabilidad y bien común”. En él tuve ocasión de ofrecer algunas propuestas para la participación política de los católicos animados por la potencia reflexiva de algunos textos centrales de la Doctrina Social de la Iglesia de las últimas décadas. Entre otras que aparecieron en la ponencia que compartió conmigo el profesor Juan María Laboa, señalo las siguientes:

1ª.- La DSI no es un recetario que detalla con precisión lo que debemos hacer los católicos en la vida pública. Con la DSI, la Iglesia no ofrece a los cristianos una línea 900 o un servicio de mensajería instantánea con la que responder de manera inmediata a las dudas, desafíos, encrucijadas, dilemas o problemas morales de la vida cotidiana. La DSI es una fuente necesaria para la formación, la orientación y el discernimiento. Bien planteada contribuye decisivamente para que evitemos dos riesgos habituales en la vida de nuestras comunidades cristianas: el activismo y el espiritualismo. El activismo tiende a marginar el valor de la reflexión y el discernimiento, primando la urgencia de soluciones inmediatas y carentes de perspectiva histórica. El espiritualismo tiende a marginar el valor de la militancia, el compromiso y el testimonio histórico.

2ª.- La promoción de la participación social y política de los cristianos no es una iniciativa que amenaza la democracia. La fortaleza de las democracias no es inversamente proporcional a la apatía, el desencanto o el refugio de los ciudadanos en la vida privada. La invitación que se nos hace para implicarnos en todas la dimensiones de la vida pública alcanzar necesariamente a la vida sindical, política, económica o administrativa. Por ello es importante mantener la tensión que planteó en los años sesenta el famoso católico y militante del partido comunista Carlos Alfonso Comín cuando reclamaba ser “católicos en el partido y comunistas en la Iglesia”. De la misma forma que la militancia nos hace leer en perspectiva ética, social e histórica nuestra integración en la vida de la Iglesia, también la fidelidad a la Iglesia nos hace aplicar esa perspectiva a partidos, sindicatos u organizaciones políticas. Esta perspectiva ética, social e histórica nos permite distinguir entre un nivel pre-político o pre-partidista que debemos nutrir y alimentar siempre para que el nivel explícitamente administrativo, partidista u organizativo no anule nuestra capacidad de juicio. 

3ª.- La participación supone una tensión productiva, enriquecedora y muchas veces estresante con la que salimos de una zona de confort moral, social y eclesial. Cuando los ciudadanos no se preguntan por las fuentes morales, éticas y/o religiosas, de sus compromisos socio-políticos entonces aceptan resignadamente la historia que otros van haciendo por ellos. Es una posición muy cómoda y habitual. Es más fácil lavarse las manos y dejar que la vida democrática de los pueblos sea gestionada por otros, como si los valores de la vida pública florecieran sin que sean regados por todos. Ahora bien, nuestras democracias necesitan una cultura de la responsabilidad y esta exige afrontar el desafío de la participación, lo que ahora significa instalarse en las periferias y marcar diferencias con espacios de confort socio-político. Algunas veces he utilizado una metáfora futbolística que describe bien este tránsito del confort a la periferia. Hubo un tiempo de participación confortable donde los cristianos jugábamos el partido en casa, poníamos al árbitro y lo teníamos fácil. La ética democrática, aplicando el símil del fútbol, no sólo exige promover el juego limpio o las buenas prácticas, sino tener buenos equipos, promover una buena cantera y mantener la fidelidad de la afición.

4ª.- En estos contextos siempre aparece la pregunta por lo que antes del Vaticano II se llamaba “unidad política de los cristianos”. En determinados momentos se pensaba que la mejor forma de incidir en la vida política era a través de organizaciones explícitamente cristianas. Hubo un tiempo en el que se identificó la unidad doctrinal en términos de uniformidad y homogeneidad política, como si la fidelidad a la Iglesia tuviera que expresarse necesariamente en la fidelidad a una determinada organización. Hoy las relaciones entre la unidad o cohesión doctrinal de los cristianos y la unidad o cohesión organizativa tienen que plantearse desde coordenadas distintas. Primero porque dentro de las propias comunidades eclesiales hay pluralidad de opciones políticas y organizativas. Segundo porque la armonización de la pluralidad en pluralismo se consigue mejor promoviendo la unidad y no la homogeneidad o uniformidad. Tercero porque quienes todavía plantean la unidad en términos de uniformidad deberían conocer mejor la Historia de la Iglesia, de la(s) Democracia(s) Cristiana(s) y de los partidos demócratas o social-cristianos.

5ª.- El Papa Francisco insiste en una idea clave que encontrábamos en sus predecesores: nuestra participación está animada por una “nueva síntesis humanista” (Caritas in Veritate). Está pidiendo que las fuentes y el horizonte de la cultura de la responsabilidad que debemos promover para afrontar la “globalización de la indiferencia” se inspire en una “antropología integral” (Laudato SI`). Nos está invitando a iniciar un tiempo nuevo presidido por la misericordia que deberíamos aprovechar para evitar el activismo desmemoriado y el espiritualismo desencarnado. Un tiempo en el que los académicos, investigadores y profesionales de la educación deberíamos atrevernos a reconstruir responsablemente las ciencias sociales con nuevos mimbres. En la Evangeli Gaudium se apuntan cuatro: (a) el tiempo es superior al espacio, (b) la unidad prevalece sobre el conflicto, (c) la realidad es más importante que la idea, (d) el todo superior a las partes. Esta reconstrucción de las ciencias sociales puede ser importante, y quizá urgente, para promover una participación reflexiva y significativa, que no se limite únicamente a formar “demócratas en la iglesia” sino “católicos en los partidos”.  http://www.unomasdoce.com/analisis/democratas-en-la-iglesia-catolicos-en-los-partidos/#.Vm3XomThDLY